Experiencias extremas

¿Qué se siente al salirte de una curva a más de 200 km/h?

Chevrolet Corvette C6

Hace algo más de tres años acudí a mi primera presentación de coches internacional. Era la oportunidad de probar varias novedades, entre ellas el Chevrolet Corvette C6, por entonces el coche más potente que iba a conducir en toda mi vida. Tenía 24 añitos, unos 150 coches de “historial” y ante mí bicharracos de 437 caballos americanos.

En esa presentación tuve mi mayor susto al volante, puede que de los más peligrosos, porque me salí de una curva a maś de 200 km/h. Sí, como suena. Estaba intentando encontrar los límites del coche, pero antes de hacerlo, encontré mis limitaciones como conductor. Sin embargo, no me hice un solo rasguño.

Javier Costas

Javier Costas estudió informática, pero vive, trabaja y respira por los coches. Desde que era un niño era un tema que le apasionaba, y ahora trabaja en Motorpasión y Motorpasión Futuro. Adicto confeso a las cuatro ruedas, acerca el automóvil a los que saben, no saben y creen que saben, de la misma forma que se lo diría a un amigo.

Antes de seguir, quisiera poneros en antecedentes. Tras haber estado probando en carretera un Saab 9-3 con 260 caballos y tracción total (novedad por entonces), me disponía a exprimir a tope los Corvette C6 en el Circuito de Paul Ricard, con riesgos bajos y sin temor de perder puntos de carné ni quedarme tieso a multas.

Chevrolet Corvette C6

El Corvette tiene un gran motor de 8 cilindros, con 6.2 litros. Es un motor muy grande y con mucha fuerza, que se transmiten a las ruedas traseras. Por entonces mis habilidades como piloto estaban muy por mejorar, y tanta potencia me venía un poco grande. Ahora miro hacia atrás, y veo cuántas cosas han ocurrido.

Mi primer contacto con el coche fue de copiloto, mientras un instructor me explicaba cómo era el circuito, curva a curva, y cómo hacerlo. La noche anterior estuve “entrenando” en el hotel con un simulador de conducción instalado en mi portátil durante horas, para aprenderme el trazado de memoria. Dormí 5 horas.

Tras la vuelta de reconocimiento, me puse como conductor. Todas las ayudas a la conducción estaban activadas (control de estabilidad y tracción) y procuré disfrutar del coche. Al principio, resistí la tentación de ir al máximo, procurando hacer caso al instructor, que me estaba hablando todo el rato en inglés.

Las dos primeras vueltas no se me dieron mal, tenía que mejorar bastante la finura, porque es un coche que no perdona grandes errores. La brusquedad con el freno o la dirección podía pasarme factura. Además, a mi mente le costó “encajar” el circuito que había practicado virtualmente con el real, confundía las referencias de frenado.

Ya había sobrepasado la cifra mágica de 200 km/h, hasta 225, y el punto de máxima velocidad era la recta Mistral (T9 a T10), en la que se podía llegar en cuarta velocidad, casi cortando inyección, después de salir de T9 en segunda. En mi segundo intento, con otro instructor más permisivo, me propuse ir aún más deprisa.

Con los nervios, no me regulé el asiento ni el volante de la forma adecuada. Además, cometí la osadía de poner el control de estabilidad en modo Sport, es decir, ayudas relajadas, pero aún funcionando. Eso significa que el coche me dejaría ir más allá y que si me pasaba sería más complicado recuperarlo.

Chevrolet Corvette C6

La vuelta fatídica

Salí más empujado por la ilusión que por la profesionalidad. El coche iba más vivo, se iba un poco más de culo (sobreviraje), y se volvió más exigente con la conducción. Tras negociar los primeros giros, salí de la curva T9 en segunda, y pisé a fondo. Las revoluciones pasaron de 6.000 y pico, y metí tercera con mucha rapidez. Patada al acelerador de nuevo.

El corte de inyección volvió, y metí cuarta, también a fondo. La velocidad podía verla a través del HUD (impresión en el parabrisas): 200, 205, 210, 215, 220, 225, 230, ¡235! Récord, pero ya había superado el punto de frenada segura. Con el coche ya cargado en las ruedas izquierdas, en pleno apoyo, pisé el freno más de lo sensato.

Circularía a unos 190 a 200 km/h, cuando el indicador de fuerzas G superó la lectura de “1,2″, es decir, una fortísima aceleración lateral, y sobreviró, el morro empezó a irse mucho a la derecha. Contravolanteé, y lo llevé al lado contrario. Ni fue a tiempo, ni lo suficientemente suave, perdí el control por completo.

Chevrolet Corvette C6

Afortunadamente, Paul Ricard cuenta con unas generosas escapatorias de grava súperadherente, y en esa situación, lo más inteligente es pisar el freno con todas las fuerzas y esperar a que el coche se quede quieto. Tras dos trompos, se hizo el silencio. El motor se había calado. No veía nada, el casco se me había bajado y obstaculizaba mi visión.

Aún faltaba mucha distancia para el muro, podía haberme salido a 300 km/h. La sensación que experimenté entonces me disparó el pulso y la adrenalina. Tras subirme la “braga” y colocarme el casco, miré a mi instructor. Pensaba que me colgaría del palo más alto, pero se limitó a sonreír y decirme “OK, a few basics…”

Como si nada hubiese pasado, me invitó a arrancar el motor de nuevo, y a ir un poco más despacito. El corazón le latía muy deprisa. Si hubiese sido una carretera normal, estaría muerto. En varias curvas del Jarama, si me pasa eso, me mato también. En lo que quedó de jornada, me esforcé en ser más técnico y menos cazurro.

Chevrolet Corvette C6

Había cometido varios errores de pilotaje, hoy día no los cometería, y he llevado coches más potentes y muy rápido en pista. Medio año después, me salí en otra curva, en la Bugatti del Jarama, con un Porsche Boxster de carreras. Mantuve la serenidad, una vez que me convencí de que no golpearía con nada, solo que me saldría de pista y me ganaría una justificada bronca.

¿Qué se siente al salirse de una curva a más de 200 km/h? En esa ocasión no podía chocar con nada ni con nadie, pero de haber habido algo, habría visto la película de mi vida a toda velocidad, con fogonazos de flashback, queriendo terminar y viendo que cada centésima de segundo se eternizaba. Creo que con el Corvette solo tuve miedo de volcar, y no era para tomárselo a broma. Pienso en ello y se me ponen los pelos de punta.

Pero los pianos no eran altos, y llevando un deportivo es muy difícil volcar, solo fue un bote, mucho ruido de derrapada, y agarrotarme las manos en el volante y el pie derecho hundido en el freno. Ese día aprendí que cuando se alcanza el límite del coche, o el de uno mismo, es cuestión de tiempo que pase algo. Pero ¡qué recuerdos tan gratos guardo de aquel día!

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Comentarios

  1. Comentario by Natxo Sobrado - marzo 22, 2012 12:32 pm

    La experiencia es brutal, Javier. Me imagino que en ese momento tienes que guardar la calma al máximo o si no…

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  2. Comentario by Álvaro Aguilar - marzo 23, 2012 02:17 pm

    Me encanta como redacta el momento de la salida, parece que estoy dentro del vehículo y lo que más gracia me hace es que el instructor se lo tomara con humor, detalle que me imagino que se agradece en una situación como esa mas aún si sabemos que nos queda por dar alguna que otra vuelta con un vehículo como el Corvette.

    Un saludo.

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  3. Comentario by Juan - marzo 24, 2012 12:42 pm

    Sí, lo del instructor es gracioso. Es como “si estuviese acostumbrado” ;)

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  4. Comentario by Rodando en moto en el circuito; ¿te atreves? - abril 26, 2012 09:58 am

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  6. Comentario by ¿Cómo es una carrera de regularidad de clásicos en circuito? - mayo 09, 2012 09:54 am

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