“Mi nombre es Íñigo Montoya”
“Tú mataste a mi padre… ¡Prepárate a morir!” Es la frase de presentación de uno de los héroes más inconcebibles de la historia del cine. Este 25 de septiembre se cumplieron 25 años del estreno USA de ‘La Princesa Prometida’ una de las películas de cabecera para toda una generación de treintañeros criados con sesiones dobles en cines de reestreno y peregrinaciones al video-club. Un cuento de hadas no tan de hadas, con combates a muerte, piratas justicieros, gigantes, brujos, nobles villanos de seis dedos y, claro está, besos, descubrió al mundo uno de los héroes más citados de la historia del cine: Íñigo Montoya.
Lo inconcebible del caso es que Íñigo Montoya no es el héroe de ‘La Princesa Prometida’. En cualquier caso no el principal, el tercero a lo sumo. El primero es, claro está, Wesley, el protagonista. O el Pirata Roberts. O lo que es lo mismo, Cary Elwes que aquí tan pronto se enfunda en un traje negro a lo Zorro como se metamorfosea en un sosías de Errol Flynn, un héroe de cuento preso del amor, verdadero, de Buttercup, la princesa que nunca llega más allá de prometerse con el vil Humperdink. Es un héroe de ficción. El segundo héroe es su guionista, William Goldman. Ya hablamos de él en un post anterior –él fue la clave para que la historia de Will Hunting acabara de encajar– pero aquí su protagonismo y heroicidad es aún mayor. No solo por tratarse del autor de la novela en la que se basa la cinta –original, rompedora y mucho más oscura– sino en el empecinamiento por llevarla al cine sólo como él quería. Novelista de nervio y guionista con temple, garra y aún más éxito, es el autor de thrillers como ‘Harper, detective privado’ (Jack Smight, 1966), ‘Dos Hombres y un destino’ (George Roy Hill, 1969), ‘Todos los hombres del presidente’ (Alan J.Pakula, 1976) o ‘Marathon Man’ (John Schlesinger, 1976), Goldman desoyó propuestas sin demasiado cuerpo –una de ellas con Arnold Schwarzenegger como Fezzik– y esperó hasta que un director que de confianza se propuso llevar su novela al cine. El director fue Rob Reiner, que aún no había dirigido ‘Cuando Harry encontró a Sally’ (1989) pero ya tenía en el saco dos peliculones como ‘This Is Spinal Tap’ (1984) y ‘Cuenta conmigo’ (1986).
Que un escritor de novela policíaca y guionista de thrillers y tramas negras diera con la trama, tono y personajes ideales y acabara con una revisión irónica de los cuentos de hadas es tan improbable como el camino que convirtió a nuestro tercer héroe, Íñigo Montoya, en uno de los personajes de culto del cine de los 80. Aunque lo verdaderamente extraordinario es el camino que llevó a su actor hasta empuñar su espada: Mandy Patinkin.
Un par de días antes de cumplirse el 25 aniversario del estreno de ‘La Princesa Prometida’, Mandy Patinkin fue uno de los protagonistas de la noche de los Emmy. Su última serie, ‘Homeland’ arrasó y se llevó los mayores galardones de la noche: Mejor Serie Dramática, Mejor Actriz para Claire Danes, Actor para Damian Lewis y tres premios más… Patinkin no fue nominado pero su Saul Berenson es uno de los personajes con más trasfondo de la serie y, por extensión, de la TV USA reciente. Si a este éxito reciente le sumamos su paso por otras series, como la médica ‘Chicago Hope’ o la policíaca ‘Mentes Criminales’ –de la que no guarda buen recuerdo y de cuyo reparto huyó tan pronto como pudo–, Patinkin es hoy un rostro conocido o, al menos, familiar. Pero en 1987 solo le conocían los asiduos a los musicales de Broadway y los fans de Barbra Streisand. Inconcebible.

Damian Lewis, Claire Danes y Mandy Patinkin en el póster promocional de la primera temporada de 'Homeland'. La segunda arranca el 30 de septiembre en Estados Unidos.
Antes de empuñar el sable en busca del hombre de los seis dedos, Mandy Patinkin fue el Che original en el montaje en Broadway –el rol que acabó interpretando Antonio Banderas en el salto al cine que lideró Madonna– y el objeto del deseo de Barbra Streisand en ‘Yentl’ (1983). Judío de Chicago, niño del coro de su sinagoga y actor de anuncios, Patinkin hizo creer a los responsables del casting que hablaba español y que era un experto espadachín. Ni lo uno ni lo otro. Y, pese a eso, se hizo con el rol y protagonizó una de los mejores duelos a espada del cine. Este:
Es cierto: el mérito de este combate se debe a Bob Anderson, maestro de especialistas, coreógrafo de luchas y batallas –y también guerras que se libran en galaxias muy, muy lejanas–, pero Patinkin y Elwes se enfrentan en un duelo sin (casi) trampa ni cartón, sin la pirotecnia de excesos del cine que esconde la escasez de historia o el vacío de sus personajes. Porque así es ‘La Princesa Prometida’, una película con un reparto irrepetible que resiste el paso del tiempo, que consigue que perdonemos a Mark Knopfler una de las bandas sonoras más intrusivas que recordemos, que nos hace desear tener, otra vez, 25 años menos para, sedientos de venganza, ir en busca del hombre de seis dedos para proclamar que todos somos Íñigo Montoya. Tú mataste a nuestro padre. ¡Prepárate a morir!
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