He venido a matarte en un córner
Nunca vi a nadie correr la banda izquierda de aquella manera religiosa y lunática. Y menos en segunda regional, zona norte, donde a menudo se llegaba al terreno de juego directamente del pub, con un vaso de tubo en la mano. Aquella tarde Chelis corría sin balón y sin cabeza, pero como si hubiese oído, precisamente, que la habían visto rodando en las inmediaciones del córner. El juego estaba parado. Se cumplía ya el minuto ochenta y cinco, más o menos, y un compañero de equipo de Chelis, víctima de una falta criminal, se dejaba querer por la hierba, para coger aire. Ese verano coincidió un septiembre seco y todos –unos por sed, otros por resaca– se aferraban a las botellas de agua que les lanzaban desde los banquillos. Menos el lateral izquierdo. En ese momento, Chelis avanzaba desesperado hacia la línea de puerta rival, se escondía detrás del banderín de córner, y allí meaba aliviado, feliz, como si hubiese marcado de chilena. Todos aplaudimos la jugada. Yo tenía catorce años y esa tarde empecé a entender que el córner era un lugar –sentimental y físico– pensado especialmente para el drama, que frecuentaban tipos indescifrables. Años después leí en un texto de Enric González la historia de Ezio Vandrame, que en un Padua-Udinese «utilizó el banderín del córner para limpiarse los mocos, anunció con grandes aspavientos que pensaba marcar de tiro directo, y marcó». Para entonces, yo ya estaba convencido de que en las esquinas del campo de fútbol a menudo se cavaba tu tumba. O la de tu rival.
El córner es casi la muerte, un ataque al corazón, la caja de Pandora. Si eres defensa, durante su ejecución sólo pueden ocurrirte cosas horribles. Es la esquina oscura, con olor a pis, por la que casi nunca patrulla la policía. Pueden robarte, golpearte, dejarte baldado, incluso manosearte los genitales, como Míchel a Valderrama en un Real Madrid-Valladolid. Nadie entendió nada de aquel gesto, salvo que sólo era posible en el marco de córner. Leer más…
















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