1001 Experiencias - Men Expert de L'Oréal » Fútbol para recordar https://www.1001experiencias.com Just another WordPress site Sun, 18 Aug 2013 18:41:37 +0000 en hourly 1 https://wordpress.org/?v=3.2.1 Auge y decadencia de los torneos de verano https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/auge-y-decadencia-de-los-torneos-de-verano/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/auge-y-decadencia-de-los-torneos-de-verano/#comments Fri, 16 Aug 2013 08:32:02 +0000 Javier Martin <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=19252 <![CDATA[

Encendías la televisión cualquier noche de verano, hace no tantos años, y no era complicado encontrar partidos de pretemporada en dos o tres canales al mismo tiempo. Eran tiempos en que los torneos clásicos gozaban de buena salud y convivían con propuestas novedosas nacidas al amparo de la irrupción de las televisiones privadas. Las cosas han cambiado bastante en los últimos tiempos. Los tradicionales partidos estivales nocturnos han dado paso a amistosos en husos horarios remotos. La globalización, la crisis y los calendarios, cada vez más cargados, han hecho estallar una burbuja más, la de los torneos veraniegos. Los trofeos clásicos Teresa Herrera, Ramón de Carranza y Colombino forman el podio de trofeos veraniegos clásicos. El Teresa Herrera es el más antiguo. Comenzó a disputarse en La Coruña en 1946, con fines benéficos, adoptando el nombre de una filántropa gallega del siglo XVIII, fundadora del primer hospital de la ciudad. Durante sus dos primeras décadas se jugó a partido único, con invitados tan ilustres como el Santos de Pelé y el Botafogo de Garrincha, que se enfrentaron en la edición de 1959, con victoria del Santos, o el mítico San Lorenzo de Almagro de Los Matadores. A partir de los años 70 se establecería como torneo cuadrangular, con semifinales, final y tercer y cuarto puesto, y así se mantendría hasta 2008. El Ramón de Carranza se empezó a disputar en 1955, con el fin de paliar la deuda del club, inmerso en una crisis económica tras la construcción de su flamante estadio. Disputado a partido único en sus dos primeras ediciones, pronto adquirió formato cuadrangular. Además de contar con los mejores equipos de España y algunos de los mejores de Europa (desde el Benfica de Eusebio hasta el Real Madrid de Di Stefano o el Ajax campeón de Europa en 1972), se caracterizó en sus mejores años por acoger a equipos llegados desde el otro lado del Atlántico, ya fuera desde Argentina (Estudiantes, Independiente, River Plate), Uruguay (Peñarol, Nacional) y, sobre todo, Brasil: Flamengo, Corinthians, Vasco de Gama, Palmeiras, Botafogo, Santos, Gremio, Atlético Mineiro. El Colombino es el tercero en discordia en la terna. La primera edición, jugada en 1965, reunió a los equipos más antiguos de España (el local Recreativo de Huelva), Italia (Génova) y Francia (Racing de París, hoy desaparecido). También solía contar con equipos brasileños, aunque su participación internacional nunca fue tan amplia como la del Teresa Herrera o el Carranza. Al calor del éxito de estos torneos, fueron surgiendo otros muchos durante finales de los sesenta y a lo largo de los setenta. En 1960 nació el Trofeo Internacional Costa del Sol en Málaga. El F.C. Barcelona fundó en 1966 el Joan Gamper, con formato cuadrangular hasta 1996, contando siempre con importante representación internacional. En 1960 arrancó el Ciudad de Palma y, un año después, el Trofeo Naranja en Valencia y el Trofeo Ciudad de La [...]

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Pelé y Cruyff en el Trofeo Carranza de 1974

Encendías la televisión cualquier noche de verano, hace no tantos años, y no era complicado encontrar partidos de pretemporada en dos o tres canales al mismo tiempo. Eran tiempos en que los torneos clásicos gozaban de buena salud y convivían con propuestas novedosas nacidas al amparo de la irrupción de las televisiones privadas. Las cosas han cambiado bastante en los últimos tiempos. Los tradicionales partidos estivales nocturnos han dado paso a amistosos en husos horarios remotos. La globalización, la crisis y los calendarios, cada vez más cargados, han hecho estallar una burbuja más, la de los torneos veraniegos.

Los trofeos clásicos

Teresa Herrera, Ramón de Carranza y Colombino forman el podio de trofeos veraniegos clásicos. El Teresa Herrera es el más antiguo. Comenzó a disputarse en La Coruña en 1946, con fines benéficos, adoptando el nombre de una filántropa gallega del siglo XVIII, fundadora del primer hospital de la ciudad. Durante sus dos primeras décadas se jugó a partido único, con invitados tan ilustres como el Santos de Pelé y el Botafogo de Garrincha, que se enfrentaron en la edición de 1959, con victoria del Santos, o el mítico San Lorenzo de Almagro de Los Matadores. A partir de los años 70 se establecería como torneo cuadrangular, con semifinales, final y tercer y cuarto puesto, y así se mantendría hasta 2008.

El Ramón de Carranza se empezó a disputar en 1955, con el fin de paliar la deuda del club, inmerso en una crisis económica tras la construcción de su flamante estadio. Disputado a partido único en sus dos primeras ediciones, pronto adquirió formato cuadrangular. Además de contar con los mejores equipos de España y algunos de los mejores de Europa (desde el Benfica de Eusebio hasta el Real Madrid de Di Stefano o el Ajax campeón de Europa en 1972), se caracterizó en sus mejores años por acoger a equipos llegados desde el otro lado del Atlántico, ya fuera desde Argentina (Estudiantes, Independiente, River Plate), Uruguay (Peñarol, Nacional) y, sobre todo, Brasil: Flamengo, Corinthians, Vasco de Gama, Palmeiras, Botafogo, Santos, Gremio, Atlético Mineiro.

Betis y Boca Juniors en el Carranza de 1964

El Colombino es el tercero en discordia en la terna. La primera edición, jugada en 1965, reunió a los equipos más antiguos de España (el local Recreativo de Huelva), Italia (Génova) y Francia (Racing de París, hoy desaparecido). También solía contar con equipos brasileños, aunque su participación internacional nunca fue tan amplia como la del Teresa Herrera o el Carranza.

Al calor del éxito de estos torneos, fueron surgiendo otros muchos durante finales de los sesenta y a lo largo de los setenta. En 1960 nació el Trofeo Internacional Costa del Sol en Málaga. El F.C. Barcelona fundó en 1966 el Joan Gamper, con formato cuadrangular hasta 1996, contando siempre con importante representación internacional. En 1960 arrancó el Ciudad de Palma y, un año después, el Trofeo Naranja en Valencia y el Trofeo Ciudad de La Línea. En 1973 lo hizo el Villa de Madrid, organizado por el Atlético de Madrid. El Trofeo Santiago Bernabéu se empezó a disputar en 1979, jugándose con formato cuadrangular hasta 1984 y a partido único a partir de entonces. Durante años, el Bernabéu fue el torneo que cerraba la pretemporada en España, disputándose justo antes del inicio de la Liga. Son solamente algunos de los ejemplos que llevaron al diario ABC, el 17 de agosto de 1979, a abrir su información deportiva con el titular “Demasiados torneos de verano”. No sospechaban lo que estaba por venir.

Años 90: las teles privadas y los 3 en 1

Con la llegada de las televisiones privadas, en los años 90, los torneos veraniegos vivieron una particular edad de oro, quizás no tanto en cuanto a calidad, pero sí en cuanto a cantidad y repercusión mediática. Eran los tiempos de la guerra del fútbol, cuando las plataformas digitales de PRISA (Canal Satélite) y Telefónica (Vía Digital) peleaban por el monopolio televisivo del balón; tiempos de partidos en Antena 3 los lunes por la noche. El fútbol era un plato apetecible para todas las televisiones y, repartida la suculenta tarta de las competiciones oficiales, las operadoras se lanzaron ávidas también sobre los amistosos y qué mejor época para ello que el verano.

El Trofeo Colombino

En aquellos días, como señalábamos al principio, era extraño zapear una noche de agosto y no tropezarse con varios bolos veraniegos simultáneos. A los torneos clásicos se les sumaron varios nuevos, la mayoría de ellos de efímera existencia. La oferta se multiplicó. A destacar el florecimiento de un nuevo formato de torneo amistoso: el 3 en 1. Consistía en un triangular disputado en una sola noche, en el que los tres equipos se enfrentaban todos contra todos en tres períodos (tres minipartidos, digamos) de 45 minutos. Casi tres horas de fútbol ininterrumpido (a excepción de los dos obligatorios descansos de 15 minutos) para deleite de aficionados y beneficio de operadoras.

El fútbol moderno era esto: Asia y Estados Unidos

Todo cambió con el nuevo siglo y la globalización. De repente, la palabra de moda en las plantas nobles de los clubs de fútbol era marketing y la necesidad de explotar nuevos mercados era la prioridad. Los clubes españoles no fueron pioneros en el tema (la Premier fue visionaria, con el Manchester United a la cabeza), pero Real Madrid y Barcelona se lanzaron en seguida a por los mercados asiáticos y estadounidense, en los que el fútbol era (y es) un fenómeno de masas emergente. El club blanco, metido de lleno en la era galáctica, encontró en estas giras estivales la posibilidad de disparar beneficios. Mientras tanto, los torneos veraniegos clásicos languidecían y la mayoría de los que se habían creado al albor del boom televisivo iban desapareciendo.

No toda la culpa es de la globalización. La crisis económica y los calendarios veraniegos actuales, cada vez más cargados de partidos oficiales (previas de Champions y Europa League, la ya extinta Intertoto, encuentros internacionales de selecciones, adelantamiento del inicio de las Ligas) también han contribuido a que estos torneos cada vez estén más ahogados. Muchos, como el Villa de Madrid o el Ciudad de La Línea, tuvieron que desaparecer. Los míticos sobreviven, aunque lejos del esplendor pasado. El Teresa Herrera se disputa a partido único desde 2009, con carteles notablemente más modestos que los exhibidos en sus días de gloria. Este año se disputará con la temporada ya en marcha y contará con la visita del Real Madrid para rememorar tiempos mejores.

El Trofeo de Carranza, antaño objeto de la visita de gigantes internacionales, se tiene que conformar durante los últimos años con la presencia de equipos españoles y la visita de algún club portugués. Este verano ha abandonado su clásico formato cuadrangular para disputar un tres en uno con Cádiz, Sevilla y el marroquí Atlético Tetuán. Nada que ver con los carteles de los días de gloria. También sobrevive como puede el Colombino, con varios cambios de formato y la práctica ausencia de representantes foráneos de prestigio.

El Trofeo Bernabéu, habitual punto y final de la pretemporada antaño, sobrevive cada año buscando alojo en el apretado calendario, disputándose a menudo con la Liga ya empezada. El año pasado se jugó el 26 de septiembre, en un partido que enfrentó a un Madrid plagado de suplentes contra el Millonarios colombiano, en homenaje a Alfredo Di Stefano. Este año tendrá lugar el próximo 22 de agosto, encajado entre las dos primeras jornadas de Liga, con el Al-Sadd de Raúl como visitante. No falta quien augura al Trofeo Bernabéu el mismo futuro que tuvo el Torneo de Navidad, su primo hermano del baloncesto que vivió la época dorada durante los años ochenta y languideció durante los noventa y el nuevo siglo hasta desaparecer en 2006.

Por su parte, el Joan Gamper continúa recibiendo a participantes de lujo (Santos, Sampdoria, Nápoles, Milan, Manchester City, Boca Juniors, Inter, Bayern Munich y Juventus en la última década), pero hubo de reducir el formato en 1997, disputándose desde entonces a partido único. El fútbol moderno no se lleva bien con los trofeos clásicos.

Fotos | oclise.com | plazadeportiva.com | diariosur.es | fcbarcelona.es

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Un cadáver flotando en la piscina https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/un-cadaver-flotando-en-la-piscina/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/un-cadaver-flotando-en-la-piscina/#comments Thu, 15 Aug 2013 08:19:58 +0000 Juan Tallón <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=19217 <![CDATA[

Hace ya algunos años que los torneos de verano aparecieron flotando en la piscina, muertos. Tardamos un tiempo en saltar a recoger el cadáver. Después de todo, el cuerpo, aunque flotaba bastante exhaustamente, boca abajo, no renunciaba del todo a cierto estilo deportivo. Fuera, hicimos como cuando no tienes muchas ganas de coincidir con la muerte, y alegamos que creíamos que el tipo, vagamente bromista, estaba haciéndose el dormido en el agua. Es una práctica habitual en las piscinas españolas. Nunca falta un fulano tremendista en un evento así, deseoso de protagonismo. En algunos sitios todavía le llaman «notas». Naturalmente, ni siquiera bajamos el volumen de la música y continuamos con la fiesta, a lo nuestro. La experiencia vale precisamente para no tener que levantarte de la toalla, entrar en casa y apagar el hilo musical tontamente. Distinguimos una falsa alarma cuando la vemos. Algunos, como también es común cuando hay piscina en la casa de la fiesta, hicieron pis desde el trampolín. Cosas que pasan, en fin, y que tiene que ver con la edad, con cualquier edad. El cuerpo tiró un tiempo más flotando en el agua. Parecía que en cualquier momento reaccionaría y sacaría la cabeza para pedir un albornoz, o un bloody mary. Pero un día se acabó la fiesta y nos fuimos a nuestra casa, haciendo eses, como otras veces. A la mañana del día siguiente, bochornosa y nublada, como el día de tu entierro, se pasó por el chalé el encargado de mantenimiento. Flipó. Había de todo en la piscina, dijo a la policía. Botellas, sillas, sándwiches, un par de libros, condones, un sofá de tres plazas, el equipo de música, bikinis. Incluso heces. Y claro, un tipo muerto, a la deriva. Se lanzó al agua y lo sacó. En general, precisó en su declaración, estaba bastante muerto, como si fuese el Teresa Herrera o el Ramón de Carranza. Los torneos de verano, como los conocimos alguna vez, ya no existen. Me temo que ni siquiera existe Claudia Cardinale como la conocimos un día, dentro de una bañera, cubierta de espuma. Entonces, los grandes equipos acudían a los torneos para hacerse con el trofeo desesperadamente y, de paso, restituir la atmósfera futbolística, que se había apagado durante julio y agosto. Eso ya no es necesario. La atmósfera futbolística es perpetua e irrespirable. No hay otra. Nunca se apaga. En cuanto al trofeo, quién coño quiere obtener un trozo de metal, que muchas veces ni siquiera es de plata, y no puedes fundir, para su posterior venta, cuando tienes pasajes de primera a Los Ángeles, o un Audi A-8, o un palco VIP reservado en algún local de moda, donde preparan unos cócteles de la hostia. En 1001 Experiencias | He venido a matarte en un córner En 1001 Experiencias | Muerte en el banquillo del Bernabéu

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Hace ya algunos años que los torneos de verano aparecieron flotando en la piscina, muertos. Tardamos un tiempo en saltar a recoger el cadáver. Después de todo, el cuerpo, aunque flotaba bastante exhaustamente, boca abajo, no renunciaba del todo a cierto estilo deportivo. Fuera, hicimos como cuando no tienes muchas ganas de coincidir con la muerte, y alegamos que creíamos que el tipo, vagamente bromista, estaba haciéndose el dormido en el agua. Es una práctica habitual en las piscinas españolas. Nunca falta un fulano tremendista en un evento así, deseoso de protagonismo. En algunos sitios todavía le llaman «notas». Naturalmente, ni siquiera bajamos el volumen de la música y continuamos con la fiesta, a lo nuestro. La experiencia vale precisamente para no tener que levantarte de la toalla, entrar en casa y apagar el hilo musical tontamente. Distinguimos una falsa alarma cuando la vemos.

Algunos, como también es común cuando hay piscina en la casa de la fiesta, hicieron pis desde el trampolín. Cosas que pasan, en fin, y que tiene que ver con la edad, con cualquier edad. El cuerpo tiró un tiempo más flotando en el agua. Parecía que en cualquier momento reaccionaría y sacaría la cabeza para pedir un albornoz, o un bloody mary. Pero un día se acabó la fiesta y nos fuimos a nuestra casa, haciendo eses, como otras veces. A la mañana del día siguiente, bochornosa y nublada, como el día de tu entierro, se pasó por el chalé el encargado de mantenimiento. Flipó. Había de todo en la piscina, dijo a la policía. Botellas, sillas, sándwiches, un par de libros, condones, un sofá de tres plazas, el equipo de música, bikinis. Incluso heces. Y claro, un tipo muerto, a la deriva. Se lanzó al agua y lo sacó. En general, precisó en su declaración, estaba bastante muerto, como si fuese el Teresa Herrera o el Ramón de Carranza.

Los torneos de verano, como los conocimos alguna vez, ya no existen. Me temo que ni siquiera existe Claudia Cardinale como la conocimos un día, dentro de una bañera, cubierta de espuma. Entonces, los grandes equipos acudían a los torneos para hacerse con el trofeo desesperadamente y, de paso, restituir la atmósfera futbolística, que se había apagado durante julio y agosto. Eso ya no es necesario. La atmósfera futbolística es perpetua e irrespirable. No hay otra. Nunca se apaga. En cuanto al trofeo, quién coño quiere obtener un trozo de metal, que muchas veces ni siquiera es de plata, y no puedes fundir, para su posterior venta, cuando tienes pasajes de primera a Los Ángeles, o un Audi A-8, o un palco VIP reservado en algún local de moda, donde preparan unos cócteles de la hostia.

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Todo al once rojo https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/todo-al-once-rojo/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/todo-al-once-rojo/#comments Mon, 05 Aug 2013 09:00:57 +0000 Juan Tallón <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=18880 <![CDATA[

Me gusta ver cómo la gente pierde su dinero a las cartas, o a la ruleta, o en el fichaje del verano. Ese instante fatal, en el que se apuesta todo y se empujan las fichas al centro de la mesa, donde arde una gran pasión, posee una belleza y un dramatismo sin igual. No quieres, pero por otra parte, no puedes evitar coquetear con la destrucción. ¿Quién no quiere ir al infierno de paseo, y regresar a casa a tiempo de cenar unas nécoras, mirando a la playa? Tienes pasta fresca en la cartera y tienes buenas cartas, te dices, así que por qué no vas a jugarte el coche, o la casa, o las pelotas. O por qué no vas a fichar a Bale, qué demonios. Dentro de ti sólo arde una pregunta: «¿Y si gano?»  Hay un tipo de individuos que, enfrentados a la posibilidad cierta de una bancarrota, nunca piensan en la estadística. Esos tipos se ríen de las probabilidades y de la estadística y de la bancarrota y de su sombra. Algunos días nos gusta pensar que lo importante en la vida es tener una buena mano, y lanzarse en picado. Da igual lo que hayas hecho hasta entonces. Y en cuanto al futuro, ya lo discutirás cuando llegue. En cierto sentido, siempre has estado esperando ese minuto, para jugártelo todo sin pensar si habrá mañana. A veces ni siquiera hay cerveza en la nevera para esta noche. Estás dispuesto a creer que el dinero sólo es algo que arrojar desde el último vagón del tren. Así que reúnes todo lo que tienes y lo apuestas. «Todo al once rojo», anuncias, como si hablases para la Historia y estuvieses sobre un caballo. Entonces entras en ebullición. Es algo difícil de explicar. Sientes el calor, las burbujas, la erección. No hay nada como ese segundo en el que sueñas que ganas, te levantas de la mesa y le dices a tu entrenador: «Ahí tienes a Bale; ahora tráeme la Champion». Lo bello de verdad, sin embargo, es cuando estás sin blanca y sigues la partida desde lejos, con las manos en los bolsillos, ese sitio desértico donde reina un gran silencio, pues no tienes ni para la tragaperras. Ni siquiera tienes un cigarrillo, por si te apeteciese de pronto fumar y calmar tranquilamente el desasosiego. No por no jugarte nada, y ser un mero espectador de la timba, estás menos nervioso. Es fácil empatizar con los dramas ajenos. Produce un regusto vertiginoso ver cómo sube la apuesta absurdamente, y los tahúres van hilando sus tics a la espera del gesto final, cuando ya está sobre el tapete el maletín para pagar el fichaje de Bale y sólo hay que esperar la llegada de la bancarrota y que también este año –jejejeje jejejeje jejejeje– se escape la Champion.  Tú, después de todo, eres del Atlético y todo [...]

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Me gusta ver cómo la gente pierde su dinero a las cartas, o a la ruleta, o en el fichaje del verano. Ese instante fatal, en el que se apuesta todo y se empujan las fichas al centro de la mesa, donde arde una gran pasión, posee una belleza y un dramatismo sin igual. No quieres, pero por otra parte, no puedes evitar coquetear con la destrucción. ¿Quién no quiere ir al infierno de paseo, y regresar a casa a tiempo de cenar unas nécoras, mirando a la playa? Tienes pasta fresca en la cartera y tienes buenas cartas, te dices, así que por qué no vas a jugarte el coche, o la casa, o las pelotas. O por qué no vas a fichar a Bale, qué demonios. Dentro de ti sólo arde una pregunta: «¿Y si gano?»  Hay un tipo de individuos que, enfrentados a la posibilidad cierta de una bancarrota, nunca piensan en la estadística. Esos tipos se ríen de las probabilidades y de la estadística y de la bancarrota y de su sombra.

Algunos días nos gusta pensar que lo importante en la vida es tener una buena mano, y lanzarse en picado. Da igual lo que hayas hecho hasta entonces. Y en cuanto al futuro, ya lo discutirás cuando llegue. En cierto sentido, siempre has estado esperando ese minuto, para jugártelo todo sin pensar si habrá mañana. A veces ni siquiera hay cerveza en la nevera para esta noche. Estás dispuesto a creer que el dinero sólo es algo que arrojar desde el último vagón del tren. Así que reúnes todo lo que tienes y lo apuestas. «Todo al once rojo», anuncias, como si hablases para la Historia y estuvieses sobre un caballo. Entonces entras en ebullición. Es algo difícil de explicar. Sientes el calor, las burbujas, la erección. No hay nada como ese segundo en el que sueñas que ganas, te levantas de la mesa y le dices a tu entrenador: «Ahí tienes a Bale; ahora tráeme la Champion».

Lo bello de verdad, sin embargo, es cuando estás sin blanca y sigues la partida desde lejos, con las manos en los bolsillos, ese sitio desértico donde reina un gran silencio, pues no tienes ni para la tragaperras. Ni siquiera tienes un cigarrillo, por si te apeteciese de pronto fumar y calmar tranquilamente el desasosiego. No por no jugarte nada, y ser un mero espectador de la timba, estás menos nervioso. Es fácil empatizar con los dramas ajenos. Produce un regusto vertiginoso ver cómo sube la apuesta absurdamente, y los tahúres van hilando sus tics a la espera del gesto final, cuando ya está sobre el tapete el maletín para pagar el fichaje de Bale y sólo hay que esperar la llegada de la bancarrota y que también este año –jejejeje jejejeje jejejeje– se escape la Champion.  Tú, después de todo, eres del Atlético y todo lo que tenga que ver con los dramas del madridismo te hace feliz. Es patético, sí, pero placentero. Ojalá pudieses hacer algo por evitarlo. Pero no puedes. Ni quieres. Apostarías todo lo que tienes, de hecho, a que se repitiese más a menudo.

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La pretemporada te hace cosquillas https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-pretemporada-te-hace-cosquillas/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-pretemporada-te-hace-cosquillas/#comments Wed, 24 Jul 2013 11:32:37 +0000 Juan Tallón <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=18505 <![CDATA[

Todo va bien antes de empezar. Incluso cuando vas al casino, dispuesto a perder los calzoncillos si la ruleta de lo pide. Te puedes permitir el lujo de creer que las cosas saldrán a pedir de boca, según las has soñado, como un vulgar e incorregible optimista. Ojalá, piensas, siempre fuese pretemporada. Raramente te cesan antes de comenzar, o te suspenden de empleo, o las crónicas periodísticas subrayan tu baja forma. A estas alturas del año, hasta el fracaso parece algo remoto. Siempre tienes margen de maniobra. Roy Evans, uno de esos grandes entrenadores que casi siempre ha tenido el Liverpool, filósofos por otra parte, amaba por encima de todo las pretemporadas. «Me encantan los veranos –aseguraba–, porque nunca pierdes partidos». Sólo tienes que medirte con equipos a los que, jugando a la pata coja, con barriga, ganas por ocho goles a uno. Esos días de estío todo mantiene una armónica calma, como la playa a las siete de la mañana, cuando aún no la ha pisado nadie y casi podría servir de pista de patinaje sobre hielo. En la vida, antes de ponerte a prueba, todo parece sonreírte. Pasa cada mañana, cuando las cosas marchan relativamente bien, hasta que te despiertas. Ese túnel que te conduce del letargo a la acción es lo más parecido al paraíso que nunca conocerás, a poco que seas un paria. Ni un reproche, ni una mala cara. Hace algunas semanas, sin ir más lejos, preparé un postre por el día de mi santo. Empleé dos horas en su preparación. Y cuarenta euros en ingredientes. No exagero si digo que la presentación, sobre la mesa, resultó impecable. Mis parientes, en este sentido tan cretinos como otros parientes, lo fotografiaron con el móvil, admirados. Se generó cierta expectativa, como tras la contratación de Ancelotti. Mi hermana se ofreció a realizar los honores. Tomó el cuchillo, cortó una ración, se llevó el primer bocado a la boca y lo escupió al plato con cierta urgencia, educadamente, con toda la educación, quiero decir, que permite un escupitajo. Todo había ido bien justo hasta ahí. El primer partido de la temporada a menudo pronostica el último para muchos equipos. Mike Tyson lo decía a su manera, cuando subrayaba que «todo el mundo tiene un plan hasta que le sueltas la primera hostia». Hasta entonces, entretanto no comienza la liga, sin embargo, los días no son sino ese hermoso y fresco desierto al que acudimos a tomar las aguas. Nada nos impide engañarnos a nosotros mismos y defender que, por ahora, estamos empatados a puntos con Real Madrid y Barcelona. Es justo el momento, acaso el único momento, en el que advertimos claramente las virtudes del cero. Hasta los escritores, cundo tienen poco talento, saben distinguir el valor inconmensurable del folio en blanco, en el que todavía no se ha empezado a fracasar con estrépito. La pretemporada hace cosquillas, [...]

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Todo va bien antes de empezar. Incluso cuando vas al casino, dispuesto a perder los calzoncillos si la ruleta de lo pide. Te puedes permitir el lujo de creer que las cosas saldrán a pedir de boca, según las has soñado, como un vulgar e incorregible optimista. Ojalá, piensas, siempre fuese pretemporada. Raramente te cesan antes de comenzar, o te suspenden de empleo, o las crónicas periodísticas subrayan tu baja forma. A estas alturas del año, hasta el fracaso parece algo remoto. Siempre tienes margen de maniobra. Roy Evans, uno de esos grandes entrenadores que casi siempre ha tenido el Liverpool, filósofos por otra parte, amaba por encima de todo las pretemporadas. «Me encantan los veranos –aseguraba–, porque nunca pierdes partidos». Sólo tienes que medirte con equipos a los que, jugando a la pata coja, con barriga, ganas por ocho goles a uno. Esos días de estío todo mantiene una armónica calma, como la playa a las siete de la mañana, cuando aún no la ha pisado nadie y casi podría servir de pista de patinaje sobre hielo.

En la vida, antes de ponerte a prueba, todo parece sonreírte. Pasa cada mañana, cuando las cosas marchan relativamente bien, hasta que te despiertas. Ese túnel que te conduce del letargo a la acción es lo más parecido al paraíso que nunca conocerás, a poco que seas un paria. Ni un reproche, ni una mala cara. Hace algunas semanas, sin ir más lejos, preparé un postre por el día de mi santo. Empleé dos horas en su preparación. Y cuarenta euros en ingredientes. No exagero si digo que la presentación, sobre la mesa, resultó impecable. Mis parientes, en este sentido tan cretinos como otros parientes, lo fotografiaron con el móvil, admirados. Se generó cierta expectativa, como tras la contratación de Ancelotti. Mi hermana se ofreció a realizar los honores. Tomó el cuchillo, cortó una ración, se llevó el primer bocado a la boca y lo escupió al plato con cierta urgencia, educadamente, con toda la educación, quiero decir, que permite un escupitajo. Todo había ido bien justo hasta ahí.

El primer partido de la temporada a menudo pronostica el último para muchos equipos. Mike Tyson lo decía a su manera, cuando subrayaba que «todo el mundo tiene un plan hasta que le sueltas la primera hostia». Hasta entonces, entretanto no comienza la liga, sin embargo, los días no son sino ese hermoso y fresco desierto al que acudimos a tomar las aguas. Nada nos impide engañarnos a nosotros mismos y defender que, por ahora, estamos empatados a puntos con Real Madrid y Barcelona. Es justo el momento, acaso el único momento, en el que advertimos claramente las virtudes del cero. Hasta los escritores, cundo tienen poco talento, saben distinguir el valor inconmensurable del folio en blanco, en el que todavía no se ha empezado a fracasar con estrépito. La pretemporada hace cosquillas, te proporciona libertad para construir castillos en el aire. Te da la cuerda, digamos, con la que más adelante –cuando la realidad, en plena efervescencia, te ponga en tu sitio– podrán ahorcarte en la vía pública. Pero incluso cuando estás con el nudo al cuello, nadie podrá quitarte lo bailao en pretemporada, cosa muy de apreciar cuando estás muerto, como es sabido.

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Sucesores frustrados en el mundo del fútbol https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/sucesores-frustrados-en-el-mundo-del-futbol/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/sucesores-frustrados-en-el-mundo-del-futbol/#comments Thu, 18 Jul 2013 09:00:04 +0000 Javier Martin <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=18012 <![CDATA[

Cada vez que en el mundo del fútbol se escucha aquello de “Menganito es el nuevo Fulanito” conviene echarse a temblar. Nos suele gustar (me incluyo, por supuesto) comparar a las jóvenes promesas con futbolistas consagrados, jugadores que son o han sido verdaderamente grandes. Cuesta resistir la tentación de ver a un chaval joven y no decir que recuerda a Iniesta, que tiene algo de Zidane o que sus movimientos evocan a los del primer Ronaldo. Es comprensible, y hasta lógico, buscar referencias para tratar de definir a un jugador en ciernes, pero hay veces en que la etiqueta se puede convertir en una losa demasiado pesada para el joven futbolista. Las comparaciones son odiosas, dice el refrán. Que se lo digan a estos futbolistas. El nuevo Redondo: Fernando Gago El rumor llegó a mediados de 2005. Había un joven futbolista argentino que estaba maravillando con la camiseta de Boca Juniors y que recordaba a Fernando Redondo. Situémonos: Redondo acababa de retirarse de los terrenos de juego, tras sufrir una lesión que lastró sus años en el Milan, los últimos de su carrera. Irrumpe entonces un mediocentro argentino con una clase que hacía tiempo no se veía. Lleva el 5 a la espalda, como el primer Redondo; luce media melena, como el primer Redondo; juega de mediocentro único, bastándose para repartir juego por delante de la defensa, como el mejor Redondo. Quizás por la necesidad imperiosa de un mediocentro (los últimos que había visto el Bernabéu pasar por la posición eran Pablo García, Gravesen, Emerson y Diarrà), quizás por la melancolía del recuerdo del hombre que asombró con su tacón a Old Trafford, el Real Madrid fijó el punto de mira en Fernando Gago. Llegó en diciembre de 2006, junto a Higuaín, otro chaval argentino que procedía de River Plate. El primero era la estrella más o menos contrastada, el hombre sobre el que debía pivotar el juego madridista durante la siguiente década. El segundo, un delantero prometedor pero apenas maleado en la élite: una incógnita, en definitiva. Lo que pasó después es conocido: Higuaín, con sus altibajos, se aferró al puesto de delantero y ha sido, durante seis años y medio, una pieza básica en el equipo. Gago, después de un inicio interesante, se fue hundiendo, víctima de su incapacidad y de las desmesuradas expectativas. Tras pasar con más pena que gloria por Roma y Valencia, el club che lo cedió a Vélez Sarsfield. En Argentina trata Gago de volver a ser el que fue, de recuperar ese estilo que lo convirtió en el mediocentro más prometedor del mundo, de volver a lucir ese halo que hizo que el mundo del fútbol hablara del nuevo Redondo. El nuevo Figo: Simao Sabrosa (y Ricardo Quaresma) Se dio a conocer en el Sporting de Lisboa, donde sus regates pegado a la cal de la banda derecha propiciaron que el Barcelona se [...]

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Cada vez que en el mundo del fútbol se escucha aquello de “Menganito es el nuevo Fulanito” conviene echarse a temblar. Nos suele gustar (me incluyo, por supuesto) comparar a las jóvenes promesas con futbolistas consagrados, jugadores que son o han sido verdaderamente grandes. Cuesta resistir la tentación de ver a un chaval joven y no decir que recuerda a Iniesta, que tiene algo de Zidane o que sus movimientos evocan a los del primer Ronaldo. Es comprensible, y hasta lógico, buscar referencias para tratar de definir a un jugador en ciernes, pero hay veces en que la etiqueta se puede convertir en una losa demasiado pesada para el joven futbolista. Las comparaciones son odiosas, dice el refrán. Que se lo digan a estos futbolistas.

El nuevo Redondo: Fernando Gago

El rumor llegó a mediados de 2005. Había un joven futbolista argentino que estaba maravillando con la camiseta de Boca Juniors y que recordaba a Fernando Redondo. Situémonos: Redondo acababa de retirarse de los terrenos de juego, tras sufrir una lesión que lastró sus años en el Milan, los últimos de su carrera. Irrumpe entonces un mediocentro argentino con una clase que hacía tiempo no se veía. Lleva el 5 a la espalda, como el primer Redondo; luce media melena, como el primer Redondo; juega de mediocentro único, bastándose para repartir juego por delante de la defensa, como el mejor Redondo.

Quizás por la necesidad imperiosa de un mediocentro (los últimos que había visto el Bernabéu pasar por la posición eran Pablo García, Gravesen, Emerson y Diarrà), quizás por la melancolía del recuerdo del hombre que asombró con su tacón a Old Trafford, el Real Madrid fijó el punto de mira en Fernando Gago. Llegó en diciembre de 2006, junto a Higuaín, otro chaval argentino que procedía de River Plate. El primero era la estrella más o menos contrastada, el hombre sobre el que debía pivotar el juego madridista durante la siguiente década. El segundo, un delantero prometedor pero apenas maleado en la élite: una incógnita, en definitiva.

Lo que pasó después es conocido: Higuaín, con sus altibajos, se aferró al puesto de delantero y ha sido, durante seis años y medio, una pieza básica en el equipo. Gago, después de un inicio interesante, se fue hundiendo, víctima de su incapacidad y de las desmesuradas expectativas. Tras pasar con más pena que gloria por Roma y Valencia, el club che lo cedió a Vélez Sarsfield. En Argentina trata Gago de volver a ser el que fue, de recuperar ese estilo que lo convirtió en el mediocentro más prometedor del mundo, de volver a lucir ese halo que hizo que el mundo del fútbol hablara del nuevo Redondo.

El nuevo Figo: Simao Sabrosa (y Ricardo Quaresma)

Se dio a conocer en el Sporting de Lisboa, donde sus regates pegado a la cal de la banda derecha propiciaron que el Barcelona se fijara en él. Podría ser la historia de Luís Figo, pero es la de Simao Sabrosa, el futbolista llamado a suceder al mejor futbolista portugués entre el adiós de Eusebio y la irrupción de Ronaldo.

Simao fichó por el Barcelona en 1999 y coincidió un año con Figo. Con 19 años, se esperaba que creciera a su sombra, que madurara junto al hombre al que debía suceder. Sin embargo, la victoria de Florentino en las elecciones madridistas y 10.000 millones de pesetas precipitaron los acontecimientos en el verano de 2000. Con Figo de blanco, era el momento de Simao, que debía dar un paso al frente. La empresa le vino grande y volvió a Portugal un año después, para jugar en el Benfica.

El Barça perseveró en el intento y en 2003 fichó a Ricardo Quaresma, un futbolista del Sporting de Lisboa de regate eléctrico que jugaba pegado a la banda derecha; quizás les suene la historia. El nuevo nuevo Figo duró en Barcelona menos aún que el nuevo Figo: un año. Lo que son las cosas, ambos, Simao y Quaresma, terminaron coincidiendo un par de temporadas en el Besiktas.

El nuevo Zidane: Yoann Gourcuff (y Samir Nasri)

Desde que la cabeza de Zinedine Zidane impactara con la de Materazzi el 9 de julio de 2006 en Berlín y Horacio Elizondo lo mandara al vestuario para nunca volver, el mundo en general y los franceses en particular andan buscando al hombre que tome su testigo. El primer nombre que surgió fue el de Samir Nasri. Nombrado mejor jugador de la liga francesa en 2007, con sólo 20 años, la posición en la mediapunta del jugador del Olympique de Marsella, su visión de juego y su origen argelino hacían inevitable la comparación con el recién retirado astro, a pesar de poseer un físico bastante diferente, mucho más menudo. Nasri fichó por el Arsenal en 2008 y realizó buenas campañas, pero cada vez más lejos de su referente. Hoy, con 26 años, defiende la camiseta del Manchester City y a nadie se le ocurre sacar a colación la comparación.

No tenía veinte años Yoann Gourcuff cuando fichó por el Milan, tras destacar en el Stade Rennes. Gourcuff tenía lo que le faltaba a Nasri: el porte, la elegancia, el parecido físico, los movimientos. Todo él evocaba a Zidane. En Milán apenas jugó y en 2008 fue cedido al Girondins de Burdeos. Fue durante aquella fantástica temporada, en las filas del equipo en que emergió Zidane, cuando la comparación tomó forma. Después de marcar un gol maravilloso contra el Paris Saint Germain, recibiendo de espaldas a la puerta, en la frontal del área, y haciendo una especie de roulette made in Zidane antes de fusilar la puerta, los medios de todo el mundo amplificaron la semejanza: ya teníamos heredero al trono. Luego vino el traspaso al Olympique de Lyon y el estancamiento, la clase administrada cada vez en dosis más pequeñas. Hasta hoy. Poseer un gran talento y tener movimientos que recuerdan a uno de los más grandes no es suficiente.

El nuevo Laudrup: Sandro

Mientras el Madrid arrebataba al Barcelona a un descontento Michael Laudrup, Carlos Alejandro Sierra Fumero, más conocido como Sandro, despuntaba en el filial blanco. Valdano, recién llegado al banquillo de Chamartín y con ganas de tirar de cantera, como quedaría más tarde claro con Raúl, subió a Sandro al primer equipo y le adjudicó el papel de suplente de Laudrup, en el vértice superior del rombo con que formaba el centro del campo madridista.

Sandro disfrutó de minutos y las comparaciones no tardaron en surgir. Aunque más menudo que el danés, Sandro era un futbolista especial, dotado para el regate, la conducción de balón y con un talento singular para el último pase. Eran bastantes cosas las que recordaban a Laudrup, que ya estaba en la recta final de su carrera, a pesar de acabar de aterrizar en el Madrid. El futbolista canario parecía llamado a ocupar, tarde o temprano, el puesto del danés.

Al año siguiente todo se precipitó: Valdano fue destituido, el Madrid acabó contratando a Capello y Sandro se fue a foguearse a Las Palmas. Acabó recalando en el Málaga, donde se convirtió en pieza fundamental de aquel equipo de los Darío Silva, Dely Valdés, Movilla o Mussampa. Sandro nunca llegó a ser Laudrup, pero dejó buenos años en Málaga, donde se le recuerda con cariño, tanto que fue pregonero de la feria en 2008.

El nuevo Ronaldo: Karim Benzema

En la mayoría de los casos, la comparación aparece más por la nostalgia del jugador que ya no está que porque haya un parecido excesivo. A veces basta con que el joven jugador comparta posición y algunos de sus movimientos recuerden a los del crack añorado. Cuando Karim Benzema empezó a hacerse un nombre en Lyon no fueron pocas las bocas que se abrieron para pronunciar el nombre de Ronaldo Nazario.

La analogía, claro, tampoco estaba exenta de fundamento. Más allá del cráneo rapado y una constitución física similar, el juego del delantero francés poseía (posee) ciertos rasgos similares a los del primer Ronaldo, sobre todo la potencia, esa capacidad para arrancar y driblar en carrera tan propia del brasileño.

Hoy podemos afirmar rotundamente que la semejanza era exagerada. Son más las cosas que diferencian a Benzema y Ronaldo que las que los unen y, aunque al francés le queda mucho fútbol aún por delante, cuesta pensar que vaya a alcanzar las cotas del brasileño.

El nuevo Stoichkov: Martin Petrov

La generación búlgara de los noventa, semifinalista en el Mundial de Estados Unidos, es irrepetible. Pasarán más de mil años, como reza el bolero, para que vuelva a surgir en el país búlgaro una colección de futbolistas similar y pasarán otros tantos para volver a ver un nuevo Stoichkov, aunque en su día muchos quisieran ver en Martin Petrov a su sustituto.

Petrov se dio a conocer a finales de los noventa en el CSKA de Sofía, el mismo club que había visto nacer a Hristo. Siendo Petrov un extremo zurdo, rápido y hábil, la comparación brotó inmediatamente. Al Atlético de Madrid llegó procedente del Wolsfburgo alemán. “Es un orgullo que me comparen con Hristo Stoichkov porque es un gran jugador, pero yo quiero ser Martin Petrov”, dijo el jugador en su presentación de rojiblanco. Lo consiguió: Petrov se quedó en Petrov.

El nuevo Mijatovic: Dragan Ciric

Suele pasar que este tipo de etiquetas son asignadas por representantes y/o medios de comunicación, tratando cada uno de vender su producto. Así se dan casos tan surrealistas como el del serbio Dragan Ciric, que llegó al Camp Nou en 1997 con la vitola de nuevo Mijatovic.

Ciric llegó a nuestra liga en una época en que el fútbol español andaba enamorado de la fértil cantera balcánica, buscando a los sucesores de Suker y Mijatovic, o cuanto menos de Jarni, Jokanovic o Brnovic. Baste recordar que en aquellos días el Madrid fichó a “futuras estrellas” como Rambo Petkovic, el Átomo Ognjenovic o Elvir Baljic.

El mediapunta serbio, que había sido nombrado dos veces mejor jugador de la liga yugoslava, vistió dos años la camiseta azulgrana, dejando una trayectoria mediocre. Estuvo en el AEK de Atenas y volvió a España, para jugar en el Valladolid, donde tampoco dejó un gran poso. Para finalizar su carrera regresó al Partizan de Belgrado. En la capital serbia, su ciudad natal, abrió un restaurante de comida española tras su retiro.

El nuevo Romario: Keirrison de Souza

Hay futbolistas irrepetibles, a los que la especial naturaleza de su juego hace que resulte imposible encontrarles émulos. Romario es uno de ellos. Su fútbol de dibujos animados (Valdano dixit) era tan singular como inimitable. Por eso se levantó una gran expectación cuando hace unos años apareció un tal Keirrison de Souza al que todos etiquetaban como el nuevo Romario.

Keirrison (nombrado así por la afición de su padre al rock: su nombre resulta de la mezcla de Keith Richard y Jim Morrison) destacó en el modesto Coritiba y con 20 años fichó con el Palmeiras. Sólo estuvo seis meses en el club de Sao Paulo, antes de firmar en 2008 un contrato de cinco años por el Barça. Para entonces ya todo el mundo hablaba de su parecido con Romario.

El Barcelona lo cedió al Benfica para que se curtiera en el fútbol europeo, pero apenas tuvo minutos. Después vino otra fallida cesión a la Fiorentina y el regreso a Brasil en busca de las sensaciones perdidas: Santos, Cruzeiro y la vuelta al Coritiba, su club de origen, donde las lesiones no le han permitido la continuidad deseable. Aún le queda un año de contrato con el Barça, club que pagó 14 millones por él y con el que no ha disputado un solo minuto. El futuro del hombre antes conocido como el nuevo Romario es hoy una incógnita.

El nuevo Maradona: Lionel Messi

Ocurre, una de cada mil veces, que la comparación no es tan disparatada y acaba cuajando. Los argentinos estuvieron 15 años buscando al nuevo Maradona, esperando que apareciera un jugador al que adorar incondicionalmente. Por momentos pareció que Ariel Ortega podría ser ese hombre, pero el Burrito se perdió entre la melancolía y el alcohol. También Riquelme opositó al trono durante un tiempo; incluso Aimar. A todos les quedaba la corona grande, muy grande. Entonces surgió un pibe que hacía cosas extraordinarias, cosas que no se veían desde el Pelusa, pero no en la Bombonera de Boca o en la cancha de River, sino a miles de kilómetros, en Barcelona. Con 19 años, el pibe ya había emulado el gol del ídolo contra Inglaterra en Mexico. También el otro gol, el de pícaro, el que había empujado la mano de Dios, lo calcó el muchacho. A los argentinos, que llevaban tanto tiempo esperando al nuevo mesías, les costó reconocerlo, quizás por haber aparecido tan lejos de Tierra Santa, pero finalmente se rindieron ante la evidencia. Con sus evidentes diferencias y sus peculiaridades, se podía afirmar que Messi era el nuevo Maradona, y en este caso, sin que sirva de precedente, la analogía no era tan descabellada.

En 1001 Experiencias | La soledad del lanzador de penaltis: diez fallos garrafales
En 1001 Experiencias | Fútbol y política: la Eurocopa de 1964

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La soledad del lanzador de penaltis: diez fallos garrafales https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-soledad-del-lanzador-de-penaltis-diez-fallos-garrafales/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-soledad-del-lanzador-de-penaltis-diez-fallos-garrafales/#comments Wed, 10 Jul 2013 09:31:50 +0000 Javier Martin <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=17789 <![CDATA[

Probablemente el lanzamiento de penalti sea el único momento del fútbol en que el jugador de campo siente la soledad con la que el portero convive día a día. En esta suerte los papeles se cambian y es el lanzador el que siente la mayor presión. Solo ante el peligro, con la pelota inmóvil a once metros de la portería y la obligación de hacer gol, porque es lo que se espera de él, porque es lo normal, el ejecutor tiene poco que ganar y mucho que perder. La portería se hace mínima y el guardameta enorme. Por eso muchos grandes jugadores han errado penaltis en momentos señalados: Sócrates, Platini, Roberto Baggio, Hierro, Raúl, Cristiano Ronaldo, Beckham y hasta el mismo Maradona. Que el balón termine entrando es en ocasiones cuestión de apenas unos milímetros. Un poco de precisión en el disparo o una décima de retraso en la respuesta del portero pueden separar el éxito del fracaso. No es el caso de los lanzamientos que aparecen en este post. Todos ellos son fallos graves, de los de “tierra, trágame”. Ninguno de estos errores fue excesivamente trascendente. No se trata de jugadas decisivas para el devenir del fútbol, pero todos ellos son candidatos al premio de peor penalti de la historia. Pires y Henry: un homenaje convertido en charlotada El 5 de diciembre de 1982, Johan Cruyff y Jesper Olsen se inventaron un lanzamiento inédito. Cruyff colocó el balón en el punto de penalti, cogió carrerilla y, en lugar de impulsar el balón hacia la portería, lo envió con su pie derecho hacia la izquierda, donde apareció Jesper Olsen. Ante el desconcierto de todos, Olsen avanzó por el área y devolvió la pelota a Cruyff, que remató a gol. Tanto completamente legal según el reglamento, que sólo indica que el balón ha de ser jugado hacia delante y no puede ser tocado por segunda vez por el lanzador. Años después, los franceses del Arsenal Robert Pires y Thierry Henry intentaron emular al dúo holandés, pero el resultado no fue precisamente el mismo. Pires rozó el balón, pero este apenas se movió. Mientras Henry corría hacia la portería sin encontrar su objetivo, los defensores del Manchester City se hicieron con la pelota. En cualquier caso, el árbitro indicó libre indirecto a favor del City. Un auténtico esperpento. Iván Rocha: tiro a La Razón Ningún alavesista olvidará este penalti de Iván Rocha (no confundir con Ricardo Rocha, central madridista de principios de los noventa que pasó a la historia por un par de goles en propia puerta) contra el Valencia en diciembre de 1998. El partido transcurría con empate a cero cuando el árbitro Rodríguez Santiago señaló un claro derribo de Djukic sobre Canabal dentro del área. Rocha agarró el balón y lo colocó en el punto de penalti. Bajo los palos, Santiago Cañizares. El brasileño golpeó con su pie izquierdo la [...]

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Probablemente el lanzamiento de penalti sea el único momento del fútbol en que el jugador de campo siente la soledad con la que el portero convive día a día. En esta suerte los papeles se cambian y es el lanzador el que siente la mayor presión. Solo ante el peligro, con la pelota inmóvil a once metros de la portería y la obligación de hacer gol, porque es lo que se espera de él, porque es lo normal, el ejecutor tiene poco que ganar y mucho que perder. La portería se hace mínima y el guardameta enorme. Por eso muchos grandes jugadores han errado penaltis en momentos señalados: Sócrates, Platini, Roberto Baggio, Hierro, Raúl, Cristiano Ronaldo, Beckham y hasta el mismo Maradona.

Que el balón termine entrando es en ocasiones cuestión de apenas unos milímetros. Un poco de precisión en el disparo o una décima de retraso en la respuesta del portero pueden separar el éxito del fracaso. No es el caso de los lanzamientos que aparecen en este post. Todos ellos son fallos graves, de los de “tierra, trágame”. Ninguno de estos errores fue excesivamente trascendente. No se trata de jugadas decisivas para el devenir del fútbol, pero todos ellos son candidatos al premio de peor penalti de la historia.

Pires y Henry: un homenaje convertido en charlotada

El 5 de diciembre de 1982, Johan Cruyff y Jesper Olsen se inventaron un lanzamiento inédito. Cruyff colocó el balón en el punto de penalti, cogió carrerilla y, en lugar de impulsar el balón hacia la portería, lo envió con su pie derecho hacia la izquierda, donde apareció Jesper Olsen. Ante el desconcierto de todos, Olsen avanzó por el área y devolvió la pelota a Cruyff, que remató a gol. Tanto completamente legal según el reglamento, que sólo indica que el balón ha de ser jugado hacia delante y no puede ser tocado por segunda vez por el lanzador.

Años después, los franceses del Arsenal Robert Pires y Thierry Henry intentaron emular al dúo holandés, pero el resultado no fue precisamente el mismo. Pires rozó el balón, pero este apenas se movió. Mientras Henry corría hacia la portería sin encontrar su objetivo, los defensores del Manchester City se hicieron con la pelota. En cualquier caso, el árbitro indicó libre indirecto a favor del City. Un auténtico esperpento.

Iván Rocha: tiro a La Razón

Ningún alavesista olvidará este penalti de Iván Rocha (no confundir con Ricardo Rocha, central madridista de principios de los noventa que pasó a la historia por un par de goles en propia puerta) contra el Valencia en diciembre de 1998. El partido transcurría con empate a cero cuando el árbitro Rodríguez Santiago señaló un claro derribo de Djukic sobre Canabal dentro del área. Rocha agarró el balón y lo colocó en el punto de penalti. Bajo los palos, Santiago Cañizares. El brasileño golpeó con su pie izquierdo la pelota y ésta salió a unos diez metros del poste derecho de la puerta valencianista, ante la incrédula mirada del portero y de todo Mendizorroza. Finalmente el Valencia se llevó los tres puntos, con un gol del Piojo López.

Lo lógico es pensar que el césped embarrado tuvo algo que ver con el desenlace, pero después de verlo repetido una y mil veces, crece mi sospecha de que el objetivo oculto de Rocha era realmente tumbar el cartel de La Razón.

Pat Nevin: el penalti sorpresa

El fútbol es para listos, se suele decir. Eso debió de pensar el escocés Pat Nevin, una de las estrellas del Chelsea en los años ochenta, antes de lanzar aquel penalti. Eso y en el holgado 4-1 favorable que señalaba el marcador. Nevin intentó un disparo apresurado, sin coger carrerilla, con el objetivo de sorprender al portero, pero su tiro fue tan torpe y tan flojo que no pilló a nadie desprevenido, y menos aún a Alex Williams, el guardameta del Manchester City.

Peter Devine: paradinha con resbalón

A veces el estado del césped se subleva en contra de los lanzadores. Es lo que parece que le ocurrió a Peter Devine jugando en 1991 contra el Whitley Bay con la camiseta del Lancaster City. El futbolista hizo una pequeña paradinha justo antes de golpear la pelota, con tan mala suerte que en ese momento resbaló debido al deficiente estado del terreno. Devine salió trastabillado y apenas acertó a golpear el balón.

El modesto Peter Devine pasó a la historia del fútbol británico por este fallo, hasta el punto de que la wikipedia apenas reseña algún dato más de su biografía.

Amir Sayoud: paradinha, error y tarjeta

Si a Devine el césped le jugó una mala pasada, a Amir Sayoud se la jugó él mismo. El futbolista del club egipcio Al Ahly se detuvo en seco al llegar al balón, con la intención de despistar al portero, pero la maniobra le hizo perder el equilibrio y el golpeo resultó ineficaz, por decirlo de una manera suave. Por si no tuviera bastante con el error, la paradinha de Sayoud mereció la tarjeta amarilla a criterio del árbitro. Una jugada para olvidar.

Jonathan Soriano: balonazo a las nubes

El balonazo a las nubes es todo un clásico de los penaltis calamitosos. La expresión “se llenó de balón” se suele utilizar para describir este tipo de situaciones. El lanzador quiere imprimirle potencia al golpeo, para hacerlo imparable, pero se le va la mano, o el pie, para ser más precisos. La bota golpea la bola demasiado abajo y esta sale volando sin control. Grandes futbolistas como Roberto Baggio, Raúl, David Beckham o Sergio Ramos han ejecutado este tipo de penal en momentos decisivos, pero quizás ninguno tan exagerado como el de Jonathan Soriano, el exjugador de Espanyol y Barça que envió el balón a la luna jugando con el Salzburg austriaco. Dos detalles del vídeo. El primero, cómo se pierde la pelota por encima de la cámara que hay detrás de la portería, colocada a considerable altura. El segundo, la mirada al cielo de Soriano, en la última repetición, siguiendo la trayectoria de la bola.

Del Piero: subiendo la apuesta de Djukic

Todo el mundo recuerda lo de Djukic. Con el Deportivo jugándose la Liga en Riazor contra el Valencia, el árbitro pita penalti. Donato, el encargado habitual de la tarea, había sido sustituido por Arsenio. Bebeto silba y mira hacia otro lado. Es Miroslav Djukic el que se dirige hacia el balón. Y lo tira mal, fatal. Flojo y centrado. El balón va manso a las manos de González y el Dépor pierde la Liga.

Comparado con el penalti de Del Piero contra el Aston Villa, el de Djukic fue un misil imparable. El delantero italiano intentó engañar a Brad Guzan, el meta del Villa, para que se dejara caer a un costado mientras él sorprendía con un disparo flojo por el centro de la portería. Guzan no se movió y despejó el balón con el pie, pensando seguramente que acababa de parar el penalti más fácil de su vida, mientras el comentarista se carcajeaba. El lance tuvo lugar en la tanda de la final de la Copa de la Paz de 2009, después de que el partido hubiera finalizado sin goles. El Aston Villa se proclamó campeón, venciendo la serie de penales por 4-3.

William: suave, suave, suave

El brasileño William Xavier Barbosa ve las apuestas de Dukic y Del Piero y las sube. El futbolista de Botafogo lo hizo todo bien: colocó el balón con parsimonia, tomó una carrerilla suficiente, se dirigió hacia el balón mirando de reojo al portero y, al ver que este se dejaba caer hacia su derecha, impulsó la pelota hacia el centro de la portería con un golpeo suave. Muy suave. Demasiado suave. Extremadamente suave. Tanto que al guardameta del Fluminense le dio tiempo a levantarse, estirarse hacia el otro lado y atajar la pelota.

Esto sucedió en la tanda de penaltis de una eliminatoria de la Copa Sudamericana que en 2006 jugaban Botafogo y Fluminense, después de que los 120 minutos terminaran con resultado de 1-1. El Fluminense convirtió el siguiente lanzamiento y el equipo de William quedó eliminado. Aquí se puede ver la tanda completa.

Eric Cantona: profanando el mito de Antonín

La clave de un buen penalti a lo Panenka está en no desvelar la intención hasta el momento del disparo. Hoy en día se están poniendo tan de moda que ya hay porteros que empiezan a aguantar para ver si son ellos los que sorprenden al delantero, en vez de al contrario. Es lo que intentó Casillas contra Italia en la reciente Copa Confederaciones. Candreva había inaugurado la tanda a lo Panenka y el portero español hizo la estatua en otros dos lanzamientos, esperando un tiro similar. No sería el primer futbolista que queda en ridículo a la hora de intentar un panenka. La lista incluye ilustres como Totti, Ribery, Neymar o el mismo Andrea Pirlo, que en la Euro 2012 lo ejecutó de manera brillante contra Inglaterra, pero un par de años antes había marrado uno en el Trofeo Joan Gamper, con Pinto bajo los palos. Ninguno de ellos, sin embargo, fue tan desastroso como el del gran Eric Cantona.

Cabe dentro de lo posible fallar un lanzamiento a lo Panenka porque el portero aguante y permanezca inmóvil. Lo que resulta imperdonable es que el guardameta se lance hacia un lado, pero le dé tiempo a rectificar. Cuando la fiebre de los panenkas aún no había llegado al fútbol, Cantona intentó un lanzamiento de este tipo jugando con el Girondins de Burdeos. Ocurrió en 1989, en la tanda de penaltis de una eliminatoria de Copa contra el modesto Beauvais de la segunda división francesa y a Eric le correspondió el penalti decisivo. El guardameta, efectivamente, se venció hacia un lado, pero el tiro fue tan flojo que botó dos veces en el área chica y al portero le dio tiempo a levantarse y agarrar el balón. ¿El peor panenka de la historia?

Martín Palermo: triple fallo

Martín Palermo no aparece en esta lista por haber tirado un penalti a las nubes o al córner. Tampoco por haber intentado un fallido toque sutil o una maniobra extraña que terminara en ridículo. El delantero argentino tiene el dudoso honor, y por eso lo traemos aquí a colación, de haber errado tres penaltis en el mismo partido. Sucedió el 4 de julio de 1999, en un enfrentamiento de la Copa América entre Argentina y Colombia. El primer lanzamiento fue un balonazo que impactó en el larguero. El segundo se marchó por encima de la portería. En el tercero optó por ser más sutil y Miguel Calero, el guardameta colombiano, atajó la pelota.

No se le puede negar a Palermo decisión y confianza en sí mismo. Así lo entendió Marcelo Bielsa, entrenador entonces de la albiceleste: “Es un optimista, porque no hay ningún jugador que se atreva a tirar un tercer penalti tras fallar otros dos”. Colombia ganó aquel partido por 3-0.

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Fútbol y política: la Eurocopa de 1964 https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/futbol-y-politica-la-eurocopa-de-1964/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/futbol-y-politica-la-eurocopa-de-1964/#comments Fri, 05 Jul 2013 07:00:03 +0000 Andrés P. Mohorte <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=17579 <![CDATA[

Pocos fenómenos en la historia contemporánea tienen tanto potencial mediático como los grandes torneos de selecciones de fútbol. De manera consciente o inconsciente, la mayor parte de la población participa, durante la celebración de estas competiciones, en un proceso de colectividad compartida en esa comunidad imaginada a la que llamamos nación. Las banderas, las camisetas, los himnos, la identificación con el propio equipo, todo forma parte de un proceso en el que la nación se recrea y se comunica. Los medios ejercen de altavoz y los Gobiernos se apuntan las victorias. Si esto sucede en la actualidad, y los ejemplos son muy recientes, ¿qué no podía suceder en plena dictadura franquista, cuando España se impuso en la Eurocopa de 1964? Las dinámicas actuales son menos obvias, aunque también más masivas y mediáticas, que las anteriores. En su día, el fútbol sirvió de auténtico analgésico nacional y de representación plena de la identidad española. La selección española de fútbol ganó su primer título en 1964, frente a la Unión Soviética, y el evento sirvió para reafirmar la condición victoriosa y duradera del régimen franquista. Así lo entendieron las altas instancias de la dictadura, y así lo transmitieron los medios de comunicación afines en los días posteriores al triunfo de Luis Suárez, Pereda, Marcelino y compañía. No hay que pensar en esto como algo remoto: si hoy en día las victorias de la selección española sirven de contrapunto optimista a la crisis económica y social en la que se sumerge el país, en su día ejercieron de poderoso filón propagandístico. La España que ganaba la Eurocopa y que se imponía al país comunista era la España del desarrollismo y del progreso económico. La unidad como destino La simbología era poderosa, y los medios de comunicación se emplearon a fondo para resaltarla. Merece la pena acercarse aunque sea brevemente a lo que contaban ABC y La Vanguardia, entre otros, el día después de la victoria para comprobar hasta qué punto los dos goles anotados en la portería de Lev Yashin no eran sólo dos goles. Implicaban el triunfo de toda una nación desde la perspectiva del régimen. Representaban la definitiva llegada a la modernidad de España, el lugar del que nunca debió salir y al que, ahora, Francisco Franco la devolvía una vez más. ABC abría la crónica del partido con un editorial que, entre otras cosas, decía: Ante el equipo de la URSS, cuya roja bandera estaba izada en lo alto del estadio (…) una masa heterogénea de 120.000 españoles de todas las edades y clases tributó el domingo al Jefe del Estado una de las más sostenidas, fervientes y clamorosas ovaciones que registra su larga vida política (…) Al cabo de veinticinco años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado [...]

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Pocos fenómenos en la historia contemporánea tienen tanto potencial mediático como los grandes torneos de selecciones de fútbol. De manera consciente o inconsciente, la mayor parte de la población participa, durante la celebración de estas competiciones, en un proceso de colectividad compartida en esa comunidad imaginada a la que llamamos nación. Las banderas, las camisetas, los himnos, la identificación con el propio equipo, todo forma parte de un proceso en el que la nación se recrea y se comunica. Los medios ejercen de altavoz y los Gobiernos se apuntan las victorias. Si esto sucede en la actualidad, y los ejemplos son muy recientes, ¿qué no podía suceder en plena dictadura franquista, cuando España se impuso en la Eurocopa de 1964?

Las dinámicas actuales son menos obvias, aunque también más masivas y mediáticas, que las anteriores. En su día, el fútbol sirvió de auténtico analgésico nacional y de representación plena de la identidad española. La selección española de fútbol ganó su primer título en 1964, frente a la Unión Soviética, y el evento sirvió para reafirmar la condición victoriosa y duradera del régimen franquista. Así lo entendieron las altas instancias de la dictadura, y así lo transmitieron los medios de comunicación afines en los días posteriores al triunfo de Luis Suárez, Pereda, Marcelino y compañía. No hay que pensar en esto como algo remoto: si hoy en día las victorias de la selección española sirven de contrapunto optimista a la crisis económica y social en la que se sumerge el país, en su día ejercieron de poderoso filón propagandístico. La España que ganaba la Eurocopa y que se imponía al país comunista era la España del desarrollismo y del progreso económico.

La unidad como destino

La simbología era poderosa, y los medios de comunicación se emplearon a fondo para resaltarla. Merece la pena acercarse aunque sea brevemente a lo que contaban ABC y La Vanguardia, entre otros, el día después de la victoria para comprobar hasta qué punto los dos goles anotados en la portería de Lev Yashin no eran sólo dos goles. Implicaban el triunfo de toda una nación desde la perspectiva del régimen. Representaban la definitiva llegada a la modernidad de España, el lugar del que nunca debió salir y al que, ahora, Francisco Franco la devolvía una vez más. ABC abría la crónica del partido con un editorial que, entre otras cosas, decía:

Ante el equipo de la URSS, cuya roja bandera estaba izada en lo alto del estadio (…) una masa heterogénea de 120.000 españoles de todas las edades y clases tributó el domingo al Jefe del Estado una de las más sostenidas, fervientes y clamorosas ovaciones que registra su larga vida política (…) Al cabo de veinticinco años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado más alto la intencionada y entusiasta adhesión popular al Estado nacido de la victoria sobre el comunismo y sus compañeros de viaje, de dentro y de fuera.

Fútbol y política quedaban una vez más entrelazados de manera íntima. El periódico, del mismo modo que hacía La Vanguardia en su particular visión del partido, destacaba antes que nada la adhesión de los españoles en torno a la figura de Francisco Franco. La idea subyacía durante el resto de la crónica: la victoria de la selección frente al histórico enemigo comunista del régimen, la Unión Soviética, sólo era posible si los españoles estaban unidos en su propósito. Se trataba de uno de los pilares ideológicos del régimen: la unidad de España como destino universal, el sentido de su existencia. ¿Y qué mejor modo que estar unidos que hacerlo en torno al líder de la nación, el garante de su unidad? Los medios de comunicación transmitían una idea de nación, del mismo modo que hacen ahora. Pero por aquel entonces transmitían la idea de nación oficial: la del franquismo. En la que insistía el periódico:

Por encima de sus espléndidos y evidentes valores deportivos, esta final de la Copa de Europa de Naciones tiene una extensa significación cívica y política que sólo los miopes empecinados pueden negar. España es un pueblo cada día más ordenado, maduro y coherente, que marcha solidario por los caminos reales del desarrollo económico, social e institucional. A esta luz clara y rotunda, la hostilidad de quienes desde el exterior continúan con el reloj de la historia parado cobra un tinte grisáceo y grotesco. España avanza unida en la labor y en el propósito. Es una ventura nacional.

La recurrente furia

Una España moderna, desarrollada a la luz del proyecto franquista. “Una ventura nacional”. Diríase que la victoria de la selección nacional casi respondía al propio progreso de la nación y no a las virtudes deportivas de los futbolistas, que aquí quedaban en un claro segundo plano. No obstante, había motivos para enorgullecerse de aquellos futbolistas: la generación más talentosa que había conocido el aficionado español hasta la llegada de la actual. Sin duda su fútbol era brillante y talentoso, y su trayectoria a lo largo del torneo había sido sólida. Pero en la descripción de sus virtudes, los medios también redundaban en un proceso nacionalizador: el fútbol español era furioso, corajido, ingenioso y pícaro. Era la viva representación del estereotipo, según sus escribas.

Por contra, los soviéticos basaban su riqueza en su poderío físico, en su fútbol industrioso, en su habilidad para hacer de “la masa” o “al coro” protagonistas de las victorias. Los españoles vivían del talento improvisado, irregular pero genial, de “el divo”. Lejos de lo que pueda parecer, esta transmisión de imágenes estereotipadas también contribuyen a afianzar la idea de nación. O al menos la idea de nación transmitida por la esfera oficial. Es también a la que el fútbol español se acostumbrará hasta la Eurocopa de 2008. La furia por encima de todo, la única virtud posible, los remotos ecos de Amberes 1920 y del gol de Zarra ante Inglaterra. Es posible que hubiera algo de esto en el fútbol de España, pero el talento de algunos de sus jugadores, Luis Suárez al frente, pasaba por irrelevante. España vestía de azul, lo demás resultaba secundario.

Este ejemplo es uno de tantos, pero sin duda el más evidente y evocador, de las ramificaciones políticas de los encuentros internacionales y de su poderosa simbología nacional. La victoria ante la Unión Soviética en 1964 sirvió para transmitir la idea de un país recuperado, sobrepuesto tras un cuarto de siglo de paz y de dura posguerra, ya al mismo nivel que el resto en el continente europeo y victorioso frente al tradicional enemigo del régimen: el comunismo. El deporte, de hecho, era algo secundario. Lo importante era España como nación. El gol de Marcelino sólo era la guinda, el colofón, el ejemplo de su recuperada grandeza. Y dada esta circunstancia: ¿hasta qué punto podemos trasladar este discurso a la actualidad? ¿Significó lo mismo el gol de Iniesta, aunque en un contexto muy diferente? Resulta plausible, porque el fútbol nunca ha dejado de ser una herramienta política de primer nivel.

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Los futbolistas tristes https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/los-futbolistas-tristes/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/los-futbolistas-tristes/#comments Thu, 04 Jul 2013 09:00:45 +0000 Juan Tallón <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=17469 <![CDATA[

Hay regates tristes, y paradas tristes, y pases tristes, y planteamientos tácticos que resultan, en general, una tristeza. Eso es así. No se necesitan pruebas. Tengo razón. El fútbol, como la vida, también posee un cierto sentimiento trágico. En no pocas ocasiones, resulta incurable. Si todo va mal, ni cuando marcas gol estás libre de sentirte abatido. Hay agujeros, digamos, que no se llenan con nada. Ni siquiera con un título. Mi fatalismo me provoca una extraña empatía hacia los clubs y los futbolistas apenados. Tal vez por eso soy del Atlético, y no puedo pensar en los mejores jugadores, como Pelé, o Cruyff, o Maradona, sin hacerlo al mismo tiempo en futbolistas que murieron de pena, como Abdón Porte o Hugh Kilpatrick Gallacher. En esas circunstancias dramáticas, con el jugador, o el vestuario en general, maniatados frente a sus penalidades, es cuando por fin se parecen a una familia de verdad, como la tuya. En los tiempos modernos muy bien se tiene que dar todo para que la abuela no se sienta decaída, sin explicación aparente, o tu padre, o tu hermana, o tú, naturalmente, que al llegar cierta época sospechas que la vida es una mierda. Nada, ni siquiera el fútbol alegre, cambia esa percepción. Te cuesta mucho no pensar, para tus sucios adentros, que debajo del salario de un delantero se esconde siempre una tristeza que no se deja regatear. Y que, en el momento menos pensado, aflora. Hace un par de años, la Asociación de Futbolistas Profesionales de Inglaterra dio un paso al frente y elaboró una guía para manejar los problemas de salud mental de jugadores y exjugadores. La muerte del entrenador galés Gary Speed había disparado las alarmas. Después de 500 partidos como jugador (Leeds, Everton, Newcastle, Bolton), se hizo cargo del banquillo del Sheffield United y, posteriormente, de la selección de Gales. Pero ninguna gloria pasada, ni presente, combate la tristeza. Antes de Speed, la depresión en el fútbol se había cobrado ya algunos titulares con el suicidio del portero de la selección alemana Robert Enke. Se presumía que sería titular en el Mundial de 2010, pero no llegó. Se arrojó a las vías del tren. El sindicato de futbolistas de la Bundesliga propuso, para todos los clubs de primera y segunda división, la contratación obligatoria de un psicólogo deportivo. «No vale un preparador mental que haya hecho un curso de cuatro semanas en la India», avisó Ulf Baranowsky, máximo responsable del sindicato. En realidad, la existencia del jugador triste se remonta casi a los orígenes del fútbol. Es común citar la historia del centrocampista uruguayo Indio Abdón Porte. Nos remite a 1918. Hasta esa fecha, lo había ganado todo con el Nacional de Montevideo, pero una madrugada su corazón no encontró consuelo. El 5 de marzo, un empleado del Parque Central, el estadio del equipo, llegó por la mañana y divisó un [...]

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Hay regates tristes, y paradas tristes, y pases tristes, y planteamientos tácticos que resultan, en general, una tristeza. Eso es así. No se necesitan pruebas. Tengo razón. El fútbol, como la vida, también posee un cierto sentimiento trágico. En no pocas ocasiones, resulta incurable. Si todo va mal, ni cuando marcas gol estás libre de sentirte abatido. Hay agujeros, digamos, que no se llenan con nada. Ni siquiera con un título. Mi fatalismo me provoca una extraña empatía hacia los clubs y los futbolistas apenados. Tal vez por eso soy del Atlético, y no puedo pensar en los mejores jugadores, como Pelé, o Cruyff, o Maradona, sin hacerlo al mismo tiempo en futbolistas que murieron de pena, como Abdón Porte o Hugh Kilpatrick Gallacher.

En esas circunstancias dramáticas, con el jugador, o el vestuario en general, maniatados frente a sus penalidades, es cuando por fin se parecen a una familia de verdad, como la tuya. En los tiempos modernos muy bien se tiene que dar todo para que la abuela no se sienta decaída, sin explicación aparente, o tu padre, o tu hermana, o tú, naturalmente, que al llegar cierta época sospechas que la vida es una mierda. Nada, ni siquiera el fútbol alegre, cambia esa percepción. Te cuesta mucho no pensar, para tus sucios adentros, que debajo del salario de un delantero se esconde siempre una tristeza que no se deja regatear. Y que, en el momento menos pensado, aflora.

Hace un par de años, la Asociación de Futbolistas Profesionales de Inglaterra dio un paso al frente y elaboró una guía para manejar los problemas de salud mental de jugadores y exjugadores. La muerte del entrenador galés Gary Speed había disparado las alarmas. Después de 500 partidos como jugador (Leeds, Everton, Newcastle, Bolton), se hizo cargo del banquillo del Sheffield United y, posteriormente, de la selección de Gales. Pero ninguna gloria pasada, ni presente, combate la tristeza. Antes de Speed, la depresión en el fútbol se había cobrado ya algunos titulares con el suicidio del portero de la selección alemana Robert Enke. Se presumía que sería titular en el Mundial de 2010, pero no llegó. Se arrojó a las vías del tren. El sindicato de futbolistas de la Bundesliga propuso, para todos los clubs de primera y segunda división, la contratación obligatoria de un psicólogo deportivo. «No vale un preparador mental que haya hecho un curso de cuatro semanas en la India», avisó Ulf Baranowsky, máximo responsable del sindicato.

En realidad, la existencia del jugador triste se remonta casi a los orígenes del fútbol. Es común citar la historia del centrocampista uruguayo Indio Abdón Porte. Nos remite a 1918. Hasta esa fecha, lo había ganado todo con el Nacional de Montevideo, pero una madrugada su corazón no encontró consuelo. El 5 de marzo, un empleado del Parque Central, el estadio del equipo, llegó por la mañana y divisó un bulto en el centro del campo. Cuando se acercó, y descubrió el cadáver de Abdón, huyó de allí gritando: «¡Ha muerto el Indio, el querido Indio! Está quieto en el medio de la cancha, en el medio del Parque. ¡Ha muerto Abdón Porte!, ¡Ha dado la vida por Nacional!». Todo era cierto. Estaba muerto y había dado la vida por su equipo. La camiseta del Nacional era parte de su cuerpo. Amaba al Nacional. Cuando se enteró de que el club pretendía traspasarlo, se pegó un tiro por Nacional. Fin. Todo resultó natural y atroz. Ese día había contribuido a la victoria de su equipo por 3 a 1 contra el Charley. Después de celebrar la victoria con sus compañeros, se subió a un tranvía y regresó al estadio, ya de noche. Y allí se suicidó. Junto a su cuerpo, se halló un sombrero de paja y dentro, dos cartas. Una iba dirigida al presidente de Nacional, que finalizaba con unos versos sentidos hacia el equipo: «Nacional aunque en polvo convertido / y en polvo siempre amante. / No olvidaré un instante / lo mucho que te he querido. / Adiós para siempre».

Hay pocas historias igual de tristes. Está también la de Hugh Kilpatrick Gallacher. Fue un de los mejores jugadores de Escocia. Nació en 1903. Entró en el fútbol profesional a los 17 años, y en su debut con el Queen of the South metió cuatro goles. Ese año se casó, tuvo dos hijos, perdió uno, y antes del tercer aniversario se divorció. Combinaba el buen futbol con la mala vida. Su debut con la selección nacional se produjo en 1924. En 1925 ficha por el Newcastle, y en su segunda temporada gana el título de liga, con 36 goles en 38 partidos. En los siguientes años no hay éxitos colectivos, pero él sigue metiendo el balón en la portería.

Medía 1,60 metros pero disponía de un juego aéreo letal. Jugaba bien las dos piernas. Su regate era la envidia del fútbol inglés. Sólo tenía un problema: se calentaba fácilmente y, de vez en cuando, agredía a los árbitros. Fuera del estadio, se le veía a menudo en los bares, tomándose una copa antes de los partidos. Los bares le gustaban especialmente, y antes de divorciarse, se hizo novio de la hija de uno de sus camareros de confianza. Cuando consiguió el divorcio de su primera mujer, que le costó 4.00 libras de la época, se casó con la hija del barman, que tenía 17 años. Se metió en problemas económicos. El Newcastle lo vendió al Chelsea. Las cosas no le fueron bien en el nuevo equipo, aunque en cuatro años se las apañó para hacer 81 goles en 144 partidos. Sus problemas de alcohol se agudizaron. En una ocasión lo acusaron de jugar borracho. Él lo desmintió, aunque la afición notó que trastabillaba más de la cuenta. Gallacher admitió que había usado whisky para enjuagarse la boca, alegando que ese día era su cumpleaños y necesitaba sacarse el mal sabor de boca que le había dejado la comida. Tras el Chelsea fichó por un equipo de tercera división, después por uno de segunda, y otra vez por uno de primera antes de recalar en el Gateshead, que militaba en la categoría más baja. A los 36 años se retiró con 463 goles en 624 partidos. Fuera del campo, la vida siguió yéndole mal. Murió su segunda esposa, se sumió en una depresión profunda y continuó bebiendo. En 1957 lo acusaron de maltratar a su hijo menor, Matthew, de 14 años, lanzándole un cenicero a la cabeza. El niño se escapó de casa. Los periódicos no tardaron en titular que abusaba sexualmente de él. No era cierto, pero le retiraron la custodia. En mitad de ese huracán, le confesó a un amigo: «No estoy en un buen momento como para pelear por mí. Me tienen contra la pared. Mi vida está terminada». Un día antes del juicio por los supuestos abusos, se arrojó a las vías por donde pasaba el Cork-Edinburgh Express. En el bolsillo guardaba una nota que decía: «Nunca me voy a perdonar por haber lastimado a Matti».

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¿Alguien tiene una cerilla? https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/%c2%bfalguien-tiene-una-cerilla/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/%c2%bfalguien-tiene-una-cerilla/#comments Wed, 26 Jun 2013 07:22:17 +0000 Juan Tallón <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=17133 <![CDATA[

En una etapa decadente de mi vida, como ahora, el deportista total en el que me miraba, para tratar de imitarlo, no era un atleta de decatlón, ni un boxeador con gusto por la lectura, ni un futbolista fotogénico. Ni siquiera el típico defensa central, rudo y que, una vez a la semana, cuando no está rompiendo piernas de delanteros, ensaya con su grupo de rock progresivo en un garaje. No. Nada de eso. Yo admiraba al deportista que fumaba. Era la época que también veneraba a Henry Hill (Uno de los nuestros) y Jules Winnfield (Pulp Fiction), o a los escritores yonkis, como William S. Burroughs. Si en ese etapa decadente yo hubiese conocido a George Best, le habría levantado una estatua y, desde luego, le habría pedido a mi peluquero que me hiciese el mismo corte. Nadie encarnó el vicio con más estilo, y sabido es que cuando en 1969 dejó las mujeres, los cigarros y el alcohol, «fueron los peores veinte minutos de mi vida». En aquel momento, sin embargo, mi admiración estaba con los de casa. Es decir, yo quería ser Paolo Futre, correr medio campo como si me fuesen a meter algo por el culo, con perdón, y colársela a Buyo entre las piernas, y perdón de nuevo. Y después, para relajarme, echarme un cigarrito en la banda, apagarlo con la bota, como si trabajase para Tony Soprano, y vuelta al terreno de juego a liarla de puta madre. No debía ser tan malo el tabaco, argumentaba yo, cuando Futre se había proclamado campeón de Europa con el Oporto, y más tarde, con el Atlético, siguió compatibilizando sus mejores partidos con cuatro o cinco cigarritos diarios. ¿A cuento de qué, si el tabaco no funcionase, iba a pagar Florentino Pérez 30 millones de euros por Coentrão? Pagó porque era polivalente, es decir, jugaba al fútbol, fumaba y se dejaba ver en los locales de copas próximos a Torrelodones. Recuerdo que Johan Cruyff, fumador y futbolista al mismo tiempo, tomó un día las riendas del banquillo del Barça y marcó las reglas del dream team: «Si mis jugadores son tan buenos como yo, que fumen lo que quieran». Pero a mí me gusta citar la historia de Claudio Borghi, exseleccionador de Chile. En los descansos de los partidos, cuando todavía era jugador de campo, siempre arreglaba con el utillero del equipo para un par de caladas. Contravenía así la teoría de su padre, que «decía que había tres cigarros que se justifican: después de hacer el amor, después de comer y después de cagar, los demás son de vicioso». En mis días de baloncestista, cuando mi leyenda ya decaía, en juveniles de segundo año, me gustaba liarme un porrito en el autobús, antes del partido, para flotar en defensa. En un partido en el que perdíamos de veinte al descanso, entré en el vestuario con un [...]

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En una etapa decadente de mi vida, como ahora, el deportista total en el que me miraba, para tratar de imitarlo, no era un atleta de decatlón, ni un boxeador con gusto por la lectura, ni un futbolista fotogénico. Ni siquiera el típico defensa central, rudo y que, una vez a la semana, cuando no está rompiendo piernas de delanteros, ensaya con su grupo de rock progresivo en un garaje. No. Nada de eso. Yo admiraba al deportista que fumaba. Era la época que también veneraba a Henry Hill (Uno de los nuestros) y Jules Winnfield (Pulp Fiction), o a los escritores yonkis, como William S. Burroughs. Si en ese etapa decadente yo hubiese conocido a George Best, le habría levantado una estatua y, desde luego, le habría pedido a mi peluquero que me hiciese el mismo corte. Nadie encarnó el vicio con más estilo, y sabido es que cuando en 1969 dejó las mujeres, los cigarros y el alcohol, «fueron los peores veinte minutos de mi vida».

En aquel momento, sin embargo, mi admiración estaba con los de casa. Es decir, yo quería ser Paolo Futre, correr medio campo como si me fuesen a meter algo por el culo, con perdón, y colársela a Buyo entre las piernas, y perdón de nuevo. Y después, para relajarme, echarme un cigarrito en la banda, apagarlo con la bota, como si trabajase para Tony Soprano, y vuelta al terreno de juego a liarla de puta madre. No debía ser tan malo el tabaco, argumentaba yo, cuando Futre se había proclamado campeón de Europa con el Oporto, y más tarde, con el Atlético, siguió compatibilizando sus mejores partidos con cuatro o cinco cigarritos diarios.

¿A cuento de qué, si el tabaco no funcionase, iba a pagar Florentino Pérez 30 millones de euros por Coentrão? Pagó porque era polivalente, es decir, jugaba al fútbol, fumaba y se dejaba ver en los locales de copas próximos a Torrelodones. Recuerdo que Johan Cruyff, fumador y futbolista al mismo tiempo, tomó un día las riendas del banquillo del Barça y marcó las reglas del dream team: «Si mis jugadores son tan buenos como yo, que fumen lo que quieran».

Pero a mí me gusta citar la historia de Claudio Borghi, exseleccionador de Chile. En los descansos de los partidos, cuando todavía era jugador de campo, siempre arreglaba con el utillero del equipo para un par de caladas. Contravenía así la teoría de su padre, que «decía que había tres cigarros que se justifican: después de hacer el amor, después de comer y después de cagar, los demás son de vicioso».

En mis días de baloncestista, cuando mi leyenda ya decaía, en juveniles de segundo año, me gustaba liarme un porrito en el autobús, antes del partido, para flotar en defensa. En un partido en el que perdíamos de veinte al descanso, entré en el vestuario con un cigarro apagado en los labios, preguntando «¿alguien tiene una cerrilla?», como Lauren Bacall en Tener o no tener. Lamentablemente para mis intereses, en el vestuario se encontraba mi padre. De pronto, ya no me sentí como Lauren Bacall, sino como ese pobre diablo de Érase una vez en América del que David Noodles dice: «Lo hemos pillado con el pito en el chichi de una menor».

Después de aquello dejé el baloncesto. En la vida hay que elegir.  Como el día que Di Stefano, convertido en un icono publicitario, eligió posar para Lucky Strike. Pero ya he dicho que yo me fijaba en los de casa, y qué mejor ejemplo que Luis Aragonés, que con un cigarrillo entre los dedos, durante los entrenamientos, las colocaba en la escuadra de falta directa. Ni siquiera esperaba a entrar al vestuario, como hacían Garrincha o Lev Yashin. En fútbol existe, desde hace décadas, una corriente negacionista, según la cual el tabaco no es demasiado perjudicial para el buen jugador. Recordemos a Robert Prosinecki. Fue campeón de Europa con el Estrella Roja y consumía dos paquetes diarios, que no abandonó ni al fichar por Real Madrid. Prosinecki tenía una teoría. «El tabaco me relaja. Y nadie vive cien años». Esta corriente de pensamiento había alcanzado cotas más estupendas todavía con Mágico González. «Yo no soy un atleta, soy un artista del fútbol», argumentaba. David Vidal, su entrenador en el Cádiz, le propuso en una ocasión, durante una sesión de entrenamiento: «Jorge, si no le das más de veinte toques a un paquete de cigarros, dejas el tabaco.  Pero si lo consigues, te dejo yo a ti en paz. Lo dio más de cuarenta y me tuve que dar media vuelta».

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Todos hemos sido alguna vez el portero de Tahití https://www.1001experiencias.com/experiencias-inolvidables/todos-hemos-sido-alguna-vez-el-portero-de-tahiti/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-inolvidables/todos-hemos-sido-alguna-vez-el-portero-de-tahiti/#comments Fri, 21 Jun 2013 07:40:46 +0000 Javier Martin <![CDATA[Experiencias inolvidables]]> <![CDATA[Fútbol para recordar]]> https://www.1001experiencias.com/?p=16921 <![CDATA[

España ganaba 8-0 cuando Aitamai, el defensor de Tahití, despejó la pelota con la mano dentro del área. El árbitro señaló el punto de penalti y Fernando Torres se fue hacia el balón como una bala. El delantero del Chelsea había marcado ya tres goles, pero agarró la pelota como el que reclama repetir postre tras un banquete pantagruélico para compensar hambres pasadas, y quién sabe si futuras. Como el ansia no es buena, Torres se empachó y el balón se estrelló en el larguero. Mikael Roche, el portero tahitiano, lo celebró con los brazos en alto, dirigiéndose a un festivo Maracaná, como si lo hubiera parado él con la mirada, como si no perdiera 8-0. O quizás precisamente por eso. Esos brazos al cielo, esa celebración que a alguno le pudo parecer ridícula, fuera de lugar, encerraba la dignidad del perdedor, la alegría efímera del acostumbrado a morder el polvo. Quien haya coqueteado con más asiduidad de la deseable con la derrota entenderá el arrebato de ese hombre con los riñones machacados de tanto recoger el balón dentro de su portería. Los comentaristas no lo comprendían. “No volvería a mi país si me marcasen once goles”. La frase la pronunció John Bonello, el portero que defendió la meta de Malta en el Benito Villamarín en diciembre de 1983. Bonello encajó doce goles, regresó a su país y tuvo que aprender a vivir con ello. Años después, en 2006, Bonello rodó un anuncio de Amstel en el que se tomaba a guasa aquella noche aciaga. Todos hemos pasado rachas malas, en las que veíamos colarse una y otra vez balones en nuestra puerta, épocas en las que una minúscula alegría nos daba la vida. Todos hemos sido alguna vez el portero de Tahití. Lo importante es que todo eso no sea en balde, salir a flote y, por qué no, terminar un día riéndonos de ello e incluso sacándole provecho. Como el portero de Malta. Foto | Eurosport En 1001 Experiencias | Barbas sobre el césped En 1001 Experiencias | Real Madrid, campeón ACB: los nombres de una victoria

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España ganaba 8-0 cuando Aitamai, el defensor de Tahití, despejó la pelota con la mano dentro del área. El árbitro señaló el punto de penalti y Fernando Torres se fue hacia el balón como una bala. El delantero del Chelsea había marcado ya tres goles, pero agarró la pelota como el que reclama repetir postre tras un banquete pantagruélico para compensar hambres pasadas, y quién sabe si futuras. Como el ansia no es buena, Torres se empachó y el balón se estrelló en el larguero. Mikael Roche, el portero tahitiano, lo celebró con los brazos en alto, dirigiéndose a un festivo Maracaná, como si lo hubiera parado él con la mirada, como si no perdiera 8-0. O quizás precisamente por eso.

Esos brazos al cielo, esa celebración que a alguno le pudo parecer ridícula, fuera de lugar, encerraba la dignidad del perdedor, la alegría efímera del acostumbrado a morder el polvo. Quien haya coqueteado con más asiduidad de la deseable con la derrota entenderá el arrebato de ese hombre con los riñones machacados de tanto recoger el balón dentro de su portería. Los comentaristas no lo comprendían.

“No volvería a mi país si me marcasen once goles”. La frase la pronunció John Bonello, el portero que defendió la meta de Malta en el Benito Villamarín en diciembre de 1983. Bonello encajó doce goles, regresó a su país y tuvo que aprender a vivir con ello. Años después, en 2006, Bonello rodó un anuncio de Amstel en el que se tomaba a guasa aquella noche aciaga.

Todos hemos pasado rachas malas, en las que veíamos colarse una y otra vez balones en nuestra puerta, épocas en las que una minúscula alegría nos daba la vida. Todos hemos sido alguna vez el portero de Tahití. Lo importante es que todo eso no sea en balde, salir a flote y, por qué no, terminar un día riéndonos de ello e incluso sacándole provecho. Como el portero de Malta.

Foto | Eurosport
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