Billy Wilder, el temible burlón
Fue periodista, gigoló, bailarín de alquiler, coleccionista de arte, guionista y director. 26 películas, 6 Oscar y, sin exagerar, un par de obras maestras. Si exageramos, una decena. No sería capaz de ponerme de acuerdo en quién es el mejor director de la historia. Según el día que tenga me parece que es John Ford. Otros, Howard Hawks. Y después salto a Alfred Hitchcock. O a Sam Peckinpah, Martin Scorsese, Federico Fellini o David Lynch. Argumentos para defender a unos o atacar a otros no me faltan. En lo que no admito discusión es sobre quién es el mejor guionista de todos los tiempos. Nada ni nadie es perfecto pero los guiones de Billy Wilder casi lo consiguen. Por aspirar que no quede: fue casi divino. Y por eso Fernando Trueba le dedicó uno de los mejores discursos de agradecimiento al recibir, la noche del 21 de marzo de 1994, el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa por ‘Belle Èpoque’.
Lo dicho, puede que no sea perfecto pero no está nada mal para un cineasta que sobrevivió al Imperio Austrohúngaro, la Alemania Nazi y a la misma Marilyn Monroe y al que todo el mundo cree bajito… cuando en realidad medía metro ochenta. De la misma manera que le creen un cómico y, en realidad, tocó todo lo que le dejaron tocar: comedias, claro, falsamente ingenuas (‘El mayor y la menor’, ‘Sabrina’), cínicas (‘Bésame, tonto’), negras (‘Un, dos, tres’) o revisionistas, en el inmejorable sentido del término (‘La vida privada de Sherlock Holmes’); como negrísimos thrillers (‘Perdición’); dramas (‘Días sin huella’); sátiras reveladoras (‘El gran carnaval’); o cintas bélicas (‘Traidor en el infierno’). Y en todas ellas, fuera cuál fuera el género, la historia o su reparto, él era una de las estrellas. O, mejor, su ingenio. Su clase. Su toque. El pasado mes de marzo se cumplió el décimo aniversario del fallecimiento de Billy Wilder, un adiós que llegó décadas después de que dirigiera su último film, ‘Aquí un amigo’ (1981). Soy demasiado caro, decía chocoso. Las aseguradoras me exigen una prima demasiado elevada para poder dirigir. Y mis primas ya no son lo que eran.
¿Cómo lo hacías, Billy?
Discípulo aventajado de Ernst Lubitsch –para el que escribió ‘La octava mujer de Barba Azul’ y ‘Ninotchka’, ojo–, durante años, en la pared de su despacho colgaba un letrero con esta frase: ¿Cómo lo haría Lubitsch? Siempre lo miraba cuando escribía, decía. Fue mi gran influencia. ¿Su toque? Al público no hay que dárselo todo masticado, como si fuera tonto. Otros directores dicen que dos y dos son cuatro. Lubitsch dice: Dos y dos… Y eso es todo. Deja que saquen sus propias conclusiones. Amante de los aforismos y a sentar cátedra, Wilder, ya en el final de su carrera, se quejaba de que le reprocharan que su cine no conectaba con la realidad de su tiempo. ¿Y quién demonios quiere hacerlo? El cine en sus manos era un entretenimiento, sí, pero qué entretenimiento. Lo difícil del caso es que esa válvula de escape es también una huida hacia adelante. Y a lo Hernán Cortés, quemando las naves: un fiel y cruel reflejo de nuestras debilidades y virtudes que no dejaba prisioneros. Si quieres decirle a la gente la verdad, sé divertido o te matarán.Nadie osó nunca toserle, señal que era divertido, ¿no?
Con Marilyn y a lo loco
Otra de sus verdades a medias: allá en los 60, Wilder dijo que Hollywood no mató a Marilyn Monroe, eran las aspirantes a Marilyn las que mataban Hollywood. Resulta paradójico que uno de los directores que mejor entendió el potencial de la Monroe, el responsable de la más icónica de sus imágenes –sujetándose la falda sobre un respiradero del metro de Nueva York, el gran reclamo de ‘La tentación vive arriba’– fuera también uno de sus críticos más implacables. En el rodaje de ‘Con faldas y a lo loco’, la tensión llegó a límites preocupantes, que el propio Wilder se encargaba de rebajar con su habitual dosis de cinismo cargado de verdad. Mirad, tengo una tía en Viena que estaría en el plató cada mañana a las seis y media y recitaría los diálogos incluso del revés. Pero ¿Quién cree que iría a ver el público? ¿A mi tía de Viena o a Marilyn? Pese a eso, Wilder estaba cansado, harto de que Monroe fuera incapaz de aprenderse los diálogos o llegara cada día más tarde al set. Mientras la esperábamos no perdíamos el tiempo. Yo, sin ir más lejos, pude leer Guerra y Paz y Los Miserables. Otra dosis de humor negro combinada con una ración de realismo a palo seco. Un día Marilyn me dijo que se perdió de camino al plató. ¡Llevaba años trabajando en el estudio! ¿Cómo iba a perderse? Cuando descubrí que era verdad, me preocupé. Y por eso, pese a no aguantar trabajar con ella, lloró su muerte como pocos.
Dobles o nada
Su relación con Marilyn fue intensa como pocas, pero Wilder tuvo, al menos, tres dobles en el cine. Dos más allá de las cámaras, al frente de la máquina de escribir. Dos fueron sus parejas de baile de teclas. La primera, Charles Bracket, mayor que él y con quién firmó algunas de las discusiones y peleas más memorables del viejo Hollywood así como los guiones de clásicos como ‘Ninotchka’, para Lubitsch, ‘Bola de fuego’, para Hawks, o ‘El crepúsculo de los dioses’, para él mismo. El segundo fue I.A.L. Diamond, con quién compuso a cuatro manos esa sinfonía perfecta que es ‘El Apartamento’. Es verdad que hubo más –mucho más–, pero es que El Apartamento, con su espejo roto en el ascensor o su chistera, son palabras mayores. Su tercer doble fue su alter ego en pantalla, Jack Lemmon. Era divertidísimo y mi hombre de la calle, decía de él. Era capaz de hacer cualquier cosa. Todo lo que hacía tenía un rasgo de genialidad. Hay muy pocos actores entre mis amigos personales. Y uno era Jack… Le adoro. Lemmon, junto a Fred McMurray o Walter Mathau interpretaban en pantalla un dúo similar al que Wilder y Diamond formaban en la vida real, una vida que quedó huérfana, hace 10 años, del ingenio de uno de los grandes del cine… Aunque muchos crean que era bajito.
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