1001 Experiencias - Men Expert de L'Oréal » Hombres con historia https://www.1001experiencias.com Just another WordPress site Sun, 18 Aug 2013 18:41:37 +0000 en hourly 1 https://wordpress.org/?v=3.2.1 Lo que no se sabe https://www.1001experiencias.com/experiencias-por-vivir/lo-que-no-se-sabe/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-por-vivir/lo-que-no-se-sabe/#comments Tue, 13 Aug 2013 11:00:21 +0000 Bukowski <![CDATA[Experiencias por vivir]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=19234 <![CDATA[

Estamos sentados alrededor de una mesa en la que se amontonan latas de cerveza, colillas, fichas de póker y cartas arrugadas. El runrún de un ventilador insistente, soniquete eterno de un agosto en el sur, mueve el aire viciado por el tabaco y contribuye al soporífero ambiente de la velada. De los nueve que estamos reunidos, ninguno tenemos nómina ni nada que se le parezca. No sabría decir si nos matan los días o se nos mueren las noches o al revés. Fumamos, jugamos y bebemos en silencio, y en cada calada el humo se pega con el sudor. M. acaba de volver de pasar nueve meses estudiando en el norte, a razón de nueve mil pelotes por curso que han pagado sus padres. Ha hecho el primero de los cuatro cursos y trae de vuelta la noticia de que no piensa seguir. Cuando le preguntamos qué le parece tirar millón y medio del dinero de sus viejos con la que está cayendo, dice que lo hace porque no tiene afinidad de espíritu con sus compañeros, que no han conseguido entender los planteamientos que él tiene sobre el asunto en cuestión. Nos cuenta que va a intentar un extraño proyecto mercantil; me acuerdo de Jesús Puente, que hoy hubiera presentado un reality delirante llamado Lo que necesitas es ser emprendedor. Cuando le preguntamos por la viabilidad económica del proyecto y el plan de empresarial, enmudece. Vuelve al tema del espíritu. Dejadlo ya que haga lo que quiera, dice P. Si total, todos sabíamos que éste era el final. Reímos y luego callamos y seguimos jugando. ¿Sabéis que Monsanto se ha comprado Blackwater?, comenta. Indignación generalizada en el salón hasta que les explico que la noticia es falsa, lo que requiere además que les enseñe el desmentido en el navegador del teléfono móvil. Es curioso cómo la cultura de la sospecha funciona de manera tan eficiente en personas capaces de creer sin dudar un segundo que una empresa se compre un ejército privado. S. se levanta para ir a por hielos. Me enciendo un cigarro ante la desaprobadora mirada de E., que mantiene impolutos sus pulmones pero se mete botella y media de whisky entre pecho y espalda cada fin de semana. Suben las ciegas. La reciente obsesión occidental con erradicar el tabaco de la vida diaria es risible cuando se mira en perspectiva. Fuera de nuestro primer mundo, que camina hacia atrás por días ante numerosos gestos de aprobación de las élites extractivas (vulgo gobernantes ladrones), los infinitos perjuicios para su vida y la de quienes les rodean, así como la enorme cantidad de dinero que le cuesta a las arcas públicas el hecho de que usted fume, dan básicamente igual. El consumo de tabaco se mantiene en niveles similares, y en muchos países, caso de China, se incrementa de manera estable. En estos países, preocuparse por el tabaco es [...]

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Estamos sentados alrededor de una mesa en la que se amontonan latas de cerveza, colillas, fichas de póker y cartas arrugadas. El runrún de un ventilador insistente, soniquete eterno de un agosto en el sur, mueve el aire viciado por el tabaco y contribuye al soporífero ambiente de la velada. De los nueve que estamos reunidos, ninguno tenemos nómina ni nada que se le parezca. No sabría decir si nos matan los días o se nos mueren las noches o al revés. Fumamos, jugamos y bebemos en silencio, y en cada calada el humo se pega con el sudor.

M. acaba de volver de pasar nueve meses estudiando en el norte, a razón de nueve mil pelotes por curso que han pagado sus padres. Ha hecho el primero de los cuatro cursos y trae de vuelta la noticia de que no piensa seguir. Cuando le preguntamos qué le parece tirar millón y medio del dinero de sus viejos con la que está cayendo, dice que lo hace porque no tiene afinidad de espíritu con sus compañeros, que no han conseguido entender los planteamientos que él tiene sobre el asunto en cuestión. Nos cuenta que va a intentar un extraño proyecto mercantil; me acuerdo de Jesús Puente, que hoy hubiera presentado un reality delirante llamado Lo que necesitas es ser emprendedor. Cuando le preguntamos por la viabilidad económica del proyecto y el plan de empresarial, enmudece. Vuelve al tema del espíritu.

Dejadlo ya que haga lo que quiera, dice P. Si total, todos sabíamos que éste era el final. Reímos y luego callamos y seguimos jugando. ¿Sabéis que Monsanto se ha comprado Blackwater?, comenta. Indignación generalizada en el salón hasta que les explico que la noticia es falsa, lo que requiere además que les enseñe el desmentido en el navegador del teléfono móvil. Es curioso cómo la cultura de la sospecha funciona de manera tan eficiente en personas capaces de creer sin dudar un segundo que una empresa se compre un ejército privado. S. se levanta para ir a por hielos. Me enciendo un cigarro ante la desaprobadora mirada de E., que mantiene impolutos sus pulmones pero se mete botella y media de whisky entre pecho y espalda cada fin de semana. Suben las ciegas.

La reciente obsesión occidental con erradicar el tabaco de la vida diaria es risible cuando se mira en perspectiva. Fuera de nuestro primer mundo, que camina hacia atrás por días ante numerosos gestos de aprobación de las élites extractivas (vulgo gobernantes ladrones), los infinitos perjuicios para su vida y la de quienes les rodean, así como la enorme cantidad de dinero que le cuesta a las arcas públicas el hecho de que usted fume, dan básicamente igual. El consumo de tabaco se mantiene en niveles similares, y en muchos países, caso de China, se incrementa de manera estable.

En estos países, preocuparse por el tabaco es una gilipollez porque hay siete enfermedades, varios fenómenos naturales y otros eventos súbitos que pueden matarte con bastante más rapidez y dolor, y de manera menos previsible, que el tabaco. Así que nadie se molesta en poner fotos desagradables de gente que es probablemente de Oregon para disuadir a la gente de que fume. Pierdo la mitad de mis fichas con pareja de caballos contra trío de cincos en el river. Mala suerte.

La conversación, que parecía no poder mejorar después de Monsanto, derivó pronto hacia el Nuevo Orden Mundial; como dicen los ingleses, everybody’s favorite. No les parece que este movimiento tenga nada que ver con la evolución sociológica de los pueblos occidentales (y de sus dirigentes) a partir de la Segunda Guerra Mundial. Más bien se trata de una complejísima trama urdida para anular a la humanidad. En las versiones más aventureras, bajo el control de los extraterrestres, de antiguos sacerdotes egipcios transfigurados o de reptilianos. Está por estudiar el papel de Mulder y Scully en todo este fenómeno cultural.

Vamos para bingo con el Club Bilderberg, la reunión secreta entre representantes de las ya mencionadas élites extractivas (vulgo gobernantes ladrones) donde el futuro del mundo se decide entre café, copa y puro siguiendo los malvados planes anteriormente detallados. Todo lo que averiguamos de sus encuentros son la fecha, el lugar y la lista de participantes. El perfecto alimento para el estado mental de la sospecha y la conspiración, que tan a menudo ha sido fructífero alimento para la literatura distópica. Cuando les pregunto a mis amigos por qué no comparten ese mismo interés por la Asamblea Anual de Davos, que es básicamente lo mismo que Bilderberg pero en abierto, me responde el ronco runrún del ventilador (y algunos comentarios despectivos hacia mí, que forman parte del aliño habitual contra mis intervenciones pedantes).

Entre la gente joven, en un alarde socrático impropio de nuestro tiempo, hay verdadera sabiduría de lo que no se sabe, pero de lo que sí se sabe se sabe más bien poco (¡rayos y retruécanos!). Las causas y problemas que convergen son varios: la deriva sociológica, la estandarización de la infoxicación, la puesta en abismo de lo identitario individual en la era de internet, la cultura de la sospecha y un creciente nivel de incultura general entre la población más joven justo en la época en que más necesario es el conocimiento para entender el mundo.

Cualquier discusión es inútil porque sus argumentos, al estar fundamentados sobre la sospecha, son irrebatibles. Cada fábula desmontada da lugar a una mayor, que aumenta las proporciones de la trama conspiratoria hasta niveles que cuesta imaginar posibles en el ser humano (sólo en el caso del resto de nosotros). Lo que sí es cierto es que, al menos, el mundo que construyen las teorías de la conspiración es más divertido que éste. Quizá tenga algo que ver con la necesidad impuesta entre los que hemos crecido en la era del videojuego y la televisión: encontrarle como sea un entretenimiento a cualquier cosa. Eso y un miedo atroz a enfrentarse a un mundo que parece imposible comprender. Me lo juego todo con dos y siete.

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Teníamos seis años y poca capacidad de estar quietos. Es el primer día de colegio y lo único que hacemos es mirar alrededor con una mezcla de confusión y miedo que todavía hoy es difícil de explicar. Cuando un timbre estridente, que viene de ninguna parte y parece más propio de una fábrica que de una escuela, comienza a martillear, las madres sueltan las manos de sus hijos. Algunos empiezan a llorar. Un tipo rechoncho y con gafas, al que parece divertirle mucho toda la situación, agita con fuerza unas llaves en su mano y nos dice que hagamos fila de a uno. Ahí es cuando las cosas empezaron a ir mal. Tengo veintiséis años y llevo encima varios paquetes de comida precocinada (con carne de caballo sabe mejor) y un par de botellas de vino. Hago cola tras una señora gorda que resopla pesadamente mientras revisa con la mirada el contenido de su carro por si se ha olvidado algo y un fulano con camiseta de tirantes azul que, a juzgar por su olor corporal, dejó de ducharse con el efecto 2000. Hacemos cola en silencio, en fila de a uno. La señora gorda empuja un poco su carro de vez en cuando, como el conductor que suelta y pisa embrague alternativamente todo el tiempo cuando está parado en un semáforo. El sonido de la caja registradora actúa como un resorte. La fila se mueve. La cajera evita cruzar la mirada con los clientes. Siete noventa y cinco. ¿Quiere comprar una bolsa? Compruebo cuántos números separan mi ticket de la pantalla digital que cuelga del techo mientras hago cola. Me pregunto cuánto dinero gasta al año el Estado en aire acondicionado para edificios públicos. El único sitio en el que puede hacer más frío en verano que en un edificio de la administración es en una sala de multicines. Es muy difícil ser ácrata mientras se hace cola para recurrir una multa. En el fondo, para muchas personas estas largas filas de condenados a la burocracia son el verdadero éxito del sistema. En fila de a uno, esperando a llegar a la ventanilla, todos somos iguales. Somos ciudadanos que esperan en orden. Todos tenemos la misma importancia, es decir, ninguna. Cruzamos la avenida agarrados de la cintura. A veces aprieto un poco su cuerpo contra mí para notarla más cerca. Me mira con cara de reprobación —me vas a arruinar el vestido, dice— pero luego sonríe. Me da una palmada en el culo como castigo. ¿No se supone que esto debería hacértelo yo a ti? Luego habrá tiempo para eso, responde. ¿Ves aquella gente de allí? Ahí es donde te digo. Un minuto más tarde estamos haciendo cola frente a un restaurante llamado T. Cuando alguien entra o sale emana desde dentro el murmullo de una multitud educada. La pareja de delante avanza un paso. El almidón de sus [...]

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Fotografía: apertura de la piscina de Inverness, Escocia, circa 1936

Teníamos seis años y poca capacidad de estar quietos. Es el primer día de colegio y lo único que hacemos es mirar alrededor con una mezcla de confusión y miedo que todavía hoy es difícil de explicar. Cuando un timbre estridente, que viene de ninguna parte y parece más propio de una fábrica que de una escuela, comienza a martillear, las madres sueltan las manos de sus hijos. Algunos empiezan a llorar. Un tipo rechoncho y con gafas, al que parece divertirle mucho toda la situación, agita con fuerza unas llaves en su mano y nos dice que hagamos fila de a uno. Ahí es cuando las cosas empezaron a ir mal.

Tengo veintiséis años y llevo encima varios paquetes de comida precocinada (con carne de caballo sabe mejor) y un par de botellas de vino. Hago cola tras una señora gorda que resopla pesadamente mientras revisa con la mirada el contenido de su carro por si se ha olvidado algo y un fulano con camiseta de tirantes azul que, a juzgar por su olor corporal, dejó de ducharse con el efecto 2000. Hacemos cola en silencio, en fila de a uno. La señora gorda empuja un poco su carro de vez en cuando, como el conductor que suelta y pisa embrague alternativamente todo el tiempo cuando está parado en un semáforo. El sonido de la caja registradora actúa como un resorte. La fila se mueve. La cajera evita cruzar la mirada con los clientes. Siete noventa y cinco. ¿Quiere comprar una bolsa?

Compruebo cuántos números separan mi ticket de la pantalla digital que cuelga del techo mientras hago cola. Me pregunto cuánto dinero gasta al año el Estado en aire acondicionado para edificios públicos. El único sitio en el que puede hacer más frío en verano que en un edificio de la administración es en una sala de multicines. Es muy difícil ser ácrata mientras se hace cola para recurrir una multa. En el fondo, para muchas personas estas largas filas de condenados a la burocracia son el verdadero éxito del sistema. En fila de a uno, esperando a llegar a la ventanilla, todos somos iguales. Somos ciudadanos que esperan en orden. Todos tenemos la misma importancia, es decir, ninguna.

Cruzamos la avenida agarrados de la cintura. A veces aprieto un poco su cuerpo contra mí para notarla más cerca. Me mira con cara de reprobación —me vas a arruinar el vestido, dice— pero luego sonríe. Me da una palmada en el culo como castigo. ¿No se supone que esto debería hacértelo yo a ti? Luego habrá tiempo para eso, responde. ¿Ves aquella gente de allí? Ahí es donde te digo. Un minuto más tarde estamos haciendo cola frente a un restaurante llamado T. Cuando alguien entra o sale emana desde dentro el murmullo de una multitud educada. La pareja de delante avanza un paso. El almidón de sus ropas cruje. Ya te lo dije, te va a encantar, me dice risueña. Aquí viene todo el mundo. Me asombra la fe de la mayoría en la inteligencia colectiva, especialmente después de comprobar cómo está el nivel medio de inteligencia individual. Pero la dictadura de la masa deja poco espacio a la duda. Somos dos privilegiados haciendo cola a las puertas de un sitio oscuro con luces azul eléctrico. Soy incapaz de imaginar cómo puede uno disfrutar de la comida en un ambiente así.

Algunos de los que hacen cola miran altivamente a los que cruzan. Yo hago cola aquí y tú no, parecen decir con tono de burla infantil. Este sitio es de ésos que describen como exclusivos, aunque no sé cómo de exclusivo puede ser si está completamente lleno de gente y hay que hacer fila para entrar. Recuerdo que una vez un amigo me dijo que a la gente, en el fondo y aunque que se queje, le gusta hacer cola. Es su manera de sentirse importantes, concluyó. Sospecho que tenía razón, aunque quizá a la afirmación le sobre el adjetivo y sea más bien la manera de sentirse. En nuestra adoración constante del individualismo, del consumo personalizado, del contenido on demand y los auriculares intra ear para mejor aislamiento del exterior, una cola es uno de los pocos momentos en que podemos enfrentarnos a la sencilla verdad de que no somos en realidad tan distintos. Que nuestra vida en sociedad se inauguró con nuestra primera fila de uno a pesar de que nacimos solos y moriremos solos. Iremos solos en el ataúd, qué duda cabe, o al menos eso espero yo. Pero detrás irá un grupo de personas, en fila de a uno o de a dos, como un séquito militar doliente y unido.

Por fin entramos al restaurante. Vamos tras el empleado que nos lleva hasta nuestra mesa. Con algo de suerte, su nuca será la última que tendré que mirar durante un rato. Dejo que la chica vaya delante. Una mezcla entre anticuado gesto de caballerosidad y ganas de mirarle el culo. Respiro aliviado al sentarnos en medio de la oscuridad y las luces azul eléctrico. No creas que me gusta mucho el sitio, le digo, pero me voy a alegrar de no tener que mirar más nucas en un rato. Consuélate, responde, empujando en mi dirección la carta que hay sobre la mesa. Si no te gusta, puedes añadir palmadas al castigo de después.

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Manfred Von Richthofen, el mito del barón rojo https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/manfred-von-richthofen-el-mito-del-baron-rojo/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/manfred-von-richthofen-el-mito-del-baron-rojo/#comments Mon, 15 Apr 2013 13:00:33 +0000 L.Font <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=13810 <![CDATA[

Sin duda Manfred von Richthofen es uno de los pilotos más conocidos de la Primera Guerra Mundial y quizá uno de los pilotos más reconocibles de toda la historia de la aviación. Su leyenda se cimienta en los 80 derribos que consiguió a los mando de su avión de caza pintado en color rojo brillante. De ahí su sobrenombre del barón rojo. Pero detrás de esa leyenda no se esconde una persona cualquiera, sino alguien que perfeccionó una estrategia de combate hasta hacerla casi imbatible por el enemigo. Alguien despiadado que no dudaba en derribar aviones de menores prestaciones que el suyo y que según cuentan los que le conocieron siempre andaba taciturno y malhumorado por el campo de vuelo. Además no todos sus derribos los consiguió pilotando un bonito triplano de color rojo brillante, porque a lo largo de los años que combatió pilotó una serie de aviones diferentes conforme iban evolucionando los diseños. Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen nació el 2 de mayo de 1892 en Kleinburg, cerca de Breslau, en la baja Silesia que actualmente forma parte de Polonia. Tras una juventud dedicada casi en exclusiva a cazar y montar a caballo por los bosques cercanos a su casa, el joven von Richthofen se alistó en la caballería de Kaiser Alexander III. Lo que no sabía aquel joven es que esa parte del ejército rápidamente se iba a quedar obsoleta por culpa del cambio que sufrió la estrategia militar en la Primera Guerra Mundial. De todas maneras, Manfred von Richthofen contaba con los suficientes contactos como para cambiar de cuerpo del ejército. Con 23 años tuvo su primera experiencia en un avión. Y aunque de aquella experiencia cuenta el propio von Richthofen que: El piloto, nada más despegar empezó a realizar maniobras que me desorientaron por completo. El vuelo fue tan corto que cuando aterrizó me sentí decepcionado, pero con muchas ganas de volver a probar. A principios de 1916 empezó a volar como observador en aviones biplaza y consiguió su primer derribo. Aunque este no fue confirmado al caer el avión derribado tras las líneas enemigas por lo que no pudo documentarse. A finales de ese mismo año ya estaba pilotando aviones monoplaza de combate y el joven von Richthofen ya había conseguido sus primeros derribos confirmados. En poco tiempo von Richthofen había pasado de ir de pasajero en un avión, a combatir de igual a igual contra el enemigo. O al menos eso era lo que parecía. Porque Su amigo Oswald Boeckle estableció una serie de instrucciones para los pilotos de caza que Richthofen siguió fielmente hasta el final de sus días. Esas instrucciones trataban de garantizar la superioridad de la aviación imperial alemana frente a los rivales a base de nunca enfrentarse en inferioridad de condiciones ni dejándose llevar por el calor del combate. Siempre se debía evitar el enfrentamiento si no se tenía [...]

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Foker Dr1 del barón rojo

Sin duda Manfred von Richthofen es uno de los pilotos más conocidos de la Primera Guerra Mundial y quizá uno de los pilotos más reconocibles de toda la historia de la aviación. Su leyenda se cimienta en los 80 derribos que consiguió a los mando de su avión de caza pintado en color rojo brillante. De ahí su sobrenombre del barón rojo.

Pero detrás de esa leyenda no se esconde una persona cualquiera, sino alguien que perfeccionó una estrategia de combate hasta hacerla casi imbatible por el enemigo. Alguien despiadado que no dudaba en derribar aviones de menores prestaciones que el suyo y que según cuentan los que le conocieron siempre andaba taciturno y malhumorado por el campo de vuelo. Además no todos sus derribos los consiguió pilotando un bonito triplano de color rojo brillante, porque a lo largo de los años que combatió pilotó una serie de aviones diferentes conforme iban evolucionando los diseños.

Manfred von Richthofen

Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen nació el 2 de mayo de 1892 en Kleinburg, cerca de Breslau, en la baja Silesia que actualmente forma parte de Polonia. Tras una juventud dedicada casi en exclusiva a cazar y montar a caballo por los bosques cercanos a su casa, el joven von Richthofen se alistó en la caballería de Kaiser Alexander III. Lo que no sabía aquel joven es que esa parte del ejército rápidamente se iba a quedar obsoleta por culpa del cambio que sufrió la estrategia militar en la Primera Guerra Mundial. De todas maneras, Manfred von Richthofen contaba con los suficientes contactos como para cambiar de cuerpo del ejército. Con 23 años tuvo su primera experiencia en un avión.

Y aunque de aquella experiencia cuenta el propio von Richthofen que:

El piloto, nada más despegar empezó a realizar maniobras que me desorientaron por completo. El vuelo fue tan corto que cuando aterrizó me sentí decepcionado, pero con muchas ganas de volver a probar.

A principios de 1916 empezó a volar como observador en aviones biplaza y consiguió su primer derribo. Aunque este no fue confirmado al caer el avión derribado tras las líneas enemigas por lo que no pudo documentarse. A finales de ese mismo año ya estaba pilotando aviones monoplaza de combate y el joven von Richthofen ya había conseguido sus primeros derribos confirmados.

En poco tiempo von Richthofen había pasado de ir de pasajero en un avión, a combatir de igual a igual contra el enemigo. O al menos eso era lo que parecía. Porque Su amigo Oswald Boeckle estableció una serie de instrucciones para los pilotos de caza que Richthofen siguió fielmente hasta el final de sus días. Esas instrucciones trataban de garantizar la superioridad de la aviación imperial alemana frente a los rivales a base de nunca enfrentarse en inferioridad de condiciones ni dejándose llevar por el calor del combate. Siempre se debía evitar el enfrentamiento si no se tenía garantías mínimas de salir con ventaja (y vivo) de él.

Richthofen no era un piloto espectacular ni que se dedicase a hacer acrobacias, él era un notable estratega y líder de escuadrón además de un gran tirador. Cuentan que su combate prototipo consistía en atacar desde atrás y arriba con la ventaja de contar con el sol tras él y con otros pilotos del Jasta (escuadrón) cubriendo su retirada y los flancos.

En toda su carrera Manfred von Richthofen fue derribado tres veces, de las cuales salió con vida en dos de ellas. La primera resultó alcanzado el depósito de su avión y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia. La segunda fue herido en la cabeza y salvó la vida por poco. En esta ocasión tuvo que estar de baja casi veinte días, pero su sed de victorias le hizo volver a los mandos de su avión antes de estar recuperado totalmente. Se especula que las secuelas de esta herida jugaron un rol importante en el momento de ser derribado definitivamente.

Jagdstaffel 11 Manfred von Richthofen

Richthofen sentado en el avión con sus compañeros de escuadrón

Manfred von Richthofen es rápidamente asociado a un triplano rojo brillante, pero el primer avión que pintó de ese color fue un Albatros DII. La fecha concreta se desconoce, pero se sitúa más o menos en enero de 1917, cuando Richthofen fue nombrado comandante del escuadrón en el que volaba tras conseguir su 16ª victoria. Aunque previamente ya había pilotado algunos aviones rojos se considera que este fue el primero completamente de ese color.

Casi inmediatamente los demás pilotos del escuadrón empezaron a pintar sus aviones también de color rojo, de manera que pronto ese color fue asociado al escuadrón. Esa estrategia se exportó a los demás escuadrones y cada uno pintó sus aviones con colores vivos. Así nació la leyenda del Circo Volante, que contravenía las órdenes de pintar los aviones con diferentes colores parduzcos y difuminados para hacerlos más fácilmente camuflables en tierra. Este nombre también se asocia según otras fuentes a la gran movilidad que tenía el escuadrón, que se desplazaba por todo el frente allí dónde fuese necesario.

Richthofen en ese momento había perfeccionado casi al máximo las estrategias que había establecido Oswald Boeckle al principio de la contienda. En sus explicaciones Richthofen les indicaba a los novatos que apuntasen siempre al piloto, y que si se enfrentaban a un biplaza, primero fuesen a por el artillero y después a por el piloto.

Su suerte cambiaría el 21 de abril de 1918 a eso de las 11:00 h. mientras perseguía un avión británico, se cruzó otro biplano de la misma nacionalidad que con un certero disparo alcanzó a von Richthofen en el pecho, causándole daños mortales. A pesar de estar herido de muerte consiguió aterrizar suavemente. Algunos soldados australianos acudieron corriendo hasta el avión, pero ya no se pudo más que certificar su muerte. Ese derribo se le adjudicó oficialmente al Capitán Arthur Roy Brown, canadiense que volaba para la RAF. Pero según estudios recientes parece que el disparo que acabó con la vida de Manfred von Richthofen fue realizado desde tierra por un soldado australiano armado con una ametralladora Vickers del mismo modelo que utilizaban los aviones británicos. Por desgracia parece que nunca sabremos con exactitud lo que pasó aquella mañana de primavera. Richthofen fue enterrado con todos los honores en un cementerio cerca de Amiens. Pero este no sería su último viaje, ya que desde ese momento hasta 1975 los restos del As Alemán fueron trasladados de cementerio en varias ocasiones.

Albartos DIII del barón rojo

Avión de Richthofen, el segundo contando desde el más cercano

Según algunas fuentes los 80 derribos del Barón Rojo podrían estar manipulados por la propaganda de la época para engrandecer su leyenda. Pero según estudios realizados a finales del siglo XX los derribos incluso podrían llegar a los 100. El principal problema de acreditar esos derribos es que si no existía ningún testigo que reconociese al vencedor y al vencido no se apuntaba la victoria a nadie. Y en medio de una guerra, con los frentes bloqueados por las trincheras, no parece que hubiese mucha gente dispuesta a observar lo que pasaba encima de sus cabezas para luego avisar a los mandos confirmando que tal o cual piloto había derribado a tal o cual otro. Porque la guerra continuaba inexorablemente.

Fotos vía Wikipedia | 1, 2, 3 y 4
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Richard Feynmann, el Premio Nobel de Física que trabajaba en bares de topless https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/richard-feynmann-el-premio-nobel-de-fisica-que-trabajaba-en-bares-de-topless/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/richard-feynmann-el-premio-nobel-de-fisica-que-trabajaba-en-bares-de-topless/#comments Mon, 25 Mar 2013 14:00:51 +0000 Patch <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=12813 <![CDATA[

Que levante la mano el lector al que le gustaría que su oficina se encontrara en un bar de topless sin que ello afectara ni a su sueldo ni a su productividad. Lo cierto es que no todo el mundo tiene la suerte de poder trabajar desde cualquier sitio, y hay pocos afortunados que pueden hacerlo sin que ello repercuta en el desempeño de sus tareas diarias. Dentro de este grupo se encontraría Richard Feynman, un físico norteamericano que además fue galardonado con el premio Nobel en 1965. Este estudioso, que participó nada menos que en el Proyecto Manhattan, desarrollando la bomba nuclear, confiesa en su autobiografía ‘¿Está usted de broma, Sr. Feynmann?’ que era adicto a los bares de topless. En ellos se dedicaba a mirar a las bailarinas mientras escribía en servilletas fórmulas matemáticas que desarrollaría después. Como él mismo cuenta, en una ocasión incluso ofreció a una de estas chicas un sandwich a cambio de sexo (visto que en general, las camareras de aquel local aceptaban invitaciones bebidas pero no querían irse a la cama con él) y cuando ella le dijo que no se acostarían él le espetó que era “peor que una puta”. Ella se ofreció a pagar el sandwich si eso le dejaba más tranquilo, y él aceptó, cosa que sorprendió a los dueños del topless. Por cierto, finalmente la chica sí que se acostó con él cuando acabó su jornada laboral. Otra de las curiosidades de Feynmann es que, además de ser un destacado físico, también se dedicaba a la pintura y fue en estos bares donde desarrolló su afición. De hecho, existen varias muestras del arte de este hombre y son bastante buenas. Mente inquieta, Feynmann dedicó un año a vivir en Brasil donde destacó como músico de percusión, tocando la frigideira en una escuela de samba tan solo unos años antes de ganar el premio Nobel de Física a su vuelta en EEUU. La verdad es que lo que más le gustaba era ser profesor y eso le determinó para elegir la universidad de Caltech, donde desarrolló la teoría de la electrodinámica cuántica que le granjearía el galardón. Feynmann era muy popular entre sus alumnos, que luchaban por resolver los problemas que les planteaba su profesor. De hecho, en una ocasión un alumno le despertó de madrugada para darle la solución a un problema (que leyó en el acto) y al día siguiente otro interrumpió su desayuno con el mismo propósito, aunque a este se le informó de que ya habían sido resueltos los deberes de la universidad. Es muy recomendable la autobiografía ‘¿Está usted de broma, Sr. Feynmann?’ tanto para aquellos a los que le interese la física como para los amantes de las curiosidades. En sus páginas se puede seguir el desarrollo del Proyecto Manhattan, así como la vida llena de vicisitudes de este físico con alma de humanista. [...]

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Que levante la mano el lector al que le gustaría que su oficina se encontrara en un bar de topless sin que ello afectara ni a su sueldo ni a su productividad. Lo cierto es que no todo el mundo tiene la suerte de poder trabajar desde cualquier sitio, y hay pocos afortunados que pueden hacerlo sin que ello repercuta en el desempeño de sus tareas diarias.

Dentro de este grupo se encontraría Richard Feynman, un físico norteamericano que además fue galardonado con el premio Nobel en 1965. Este estudioso, que participó nada menos que en el Proyecto Manhattan, desarrollando la bomba nuclear, confiesa en su autobiografía ‘¿Está usted de broma, Sr. Feynmann?’ que era adicto a los bares de topless. En ellos se dedicaba a mirar a las bailarinas mientras escribía en servilletas fórmulas matemáticas que desarrollaría después.

Como él mismo cuenta, en una ocasión incluso ofreció a una de estas chicas un sandwich a cambio de sexo (visto que en general, las camareras de aquel local aceptaban invitaciones bebidas pero no querían irse a la cama con él) y cuando ella le dijo que no se acostarían él le espetó que era “peor que una puta”. Ella se ofreció a pagar el sandwich si eso le dejaba más tranquilo, y él aceptó, cosa que sorprendió a los dueños del topless. Por cierto, finalmente la chica sí que se acostó con él cuando acabó su jornada laboral.

Otra de las curiosidades de Feynmann es que, además de ser un destacado físico, también se dedicaba a la pintura y fue en estos bares donde desarrolló su afición. De hecho, existen varias muestras del arte de este hombre y son bastante buenas.

Mente inquieta, Feynmann dedicó un año a vivir en Brasil donde destacó como músico de percusión, tocando la frigideira en una escuela de samba tan solo unos años antes de ganar el premio Nobel de Física a su vuelta en EEUU. La verdad es que lo que más le gustaba era ser profesor y eso le determinó para elegir la universidad de Caltech, donde desarrolló la teoría de la electrodinámica cuántica que le granjearía el galardón.

Feynmann era muy popular entre sus alumnos, que luchaban por resolver los problemas que les planteaba su profesor. De hecho, en una ocasión un alumno le despertó de madrugada para darle la solución a un problema (que leyó en el acto) y al día siguiente otro interrumpió su desayuno con el mismo propósito, aunque a este se le informó de que ya habían sido resueltos los deberes de la universidad.

Es muy recomendable la autobiografía ‘¿Está usted de broma, Sr. Feynmann?’ tanto para aquellos a los que le interese la física como para los amantes de las curiosidades. En sus páginas se puede seguir el desarrollo del Proyecto Manhattan, así como la vida llena de vicisitudes de este físico con alma de humanista.

Imágenes vía | Wikipedia, Electric Space Kool Aid
En 1001 Experiencias | Sin novedad en el frente: la vida del soldado en la Primera Guerra Mundial
En 1001 Experiencias | La fuga más disparatada de Colditz, el planeador que nunca llegó a usarse

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Sin novedad en el frente: la vida del soldado en la Primera Guerra Mundial https://www.1001experiencias.com/experiencias-extremas/sin-novedad-en-el-frente-la-vida-del-soldado-en-la-primera-guerra-mundial-2/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-extremas/sin-novedad-en-el-frente-la-vida-del-soldado-en-la-primera-guerra-mundial-2/#comments Fri, 08 Mar 2013 13:25:54 +0000 Andrés P. Mohorte <![CDATA[Experiencias extremas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=12001 <![CDATA[

La Primera Guerra Mundial fue, con toda probabilidad, el acontecimiento más dramático del siglo XX. Es cierto: la violencia y la destrucción absoluta que acompañó a la Segunda Guerra Mundial ha difuminado a ojos de la Historia la importancia y la tragedia de la primera, pero fue ésta y no la otra la que supuso un cambio de paradigma, la que mostró por primera vez los horrores de la guerra industrial y la que puso a los soldados, como nunca antes, al borde de sí mismos. El frente de la Primera Guerra Mundial, paralizado por las trincheras, fue una experiencia psicológica traumática para millones de soldados alemanes, franceses e ingleses. Esta es la historia de uno de ellos, a ojos de Erich María Remarque, quien volcó su propia experiencia en la batalla en el inolvidable libro ‘Sin novedad en el frente’. Erich Paul Remark, conocido por su psuedónimo literario Erich María Remarque, acudió al frente occidental junto a millones de compatriotas alemanes, y cuando volvió escribió sus experiencias, pensamientos y emociones en ‘Sin novedad en el frente’, libro que le dotó de fama internacional. ¿Por qué? El trabajo de Remarque es tan memorable, tan esencial, porque relata los horrores, muchas veces meramente psicológicos, a los que toda una generación de jóvenes a un lado y a otro del frente tuvieron que soportar. Miles de imberbes que partieron contra el enemigo convencidos, por la patria, por sus padres, por sus profesores, por la prensa, de que iban a librar una guerra justa, necesaria y breve. Miles de chavales que se toparon con una guerra carente de sentido para ellos, eterna y ajena a su vida. Remarque narró en las páginas de ‘Sin novedad en el frente’ la experiencia de la guerra moderna. La Primera Guerra Mundial supuso un cambio de paradigma: de los cánones bélicos clásicos a los modernos. Nunca antes países enteros habían visto reordenar sus vidas y sus economías hacia la guerra. Nunca antes la destrucción material y de vidas humanas había sido tan alta. Numerosos autores han tratado esta cuestión, pero merece la pena citar aquí el canónico trabajo de Marc Ferro al respecto, en su imprescindible libro ‘La Gran Guerra: 1914-1918′. Cuatro años que borraron de un plumazo todo lo que los gobiernos europeos y las gentes de los países del continente creían que les iba a aportar la guerra. Hay que tener presente que la Primera Guerra Mundial fue la primera guerra de masas. Antes de ella, en Europa, la última gran batalla se libró en Sedán, en 1870. La futura Alemania completaba su reunificación a costa de la Francia de Napoleón II, y con ella se abría un periodo de 50 años de paz (salpicada de conflictos menores como la guerra entre España y Estados Unidos o la guerra ruso-japonesa). En 1914, el delicado equilibro político entre los grandes imperios estallaba tras años de tensiones [...]

Puedes ver el artículo original completo: 1001 Experiencias - Men Expert de L'Oréal">Sin novedad en el frente: la vida del soldado en la Primera Guerra Mundial

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La Primera Guerra Mundial fue, con toda probabilidad, el acontecimiento más dramático del siglo XX. Es cierto: la violencia y la destrucción absoluta que acompañó a la Segunda Guerra Mundial ha difuminado a ojos de la Historia la importancia y la tragedia de la primera, pero fue ésta y no la otra la que supuso un cambio de paradigma, la que mostró por primera vez los horrores de la guerra industrial y la que puso a los soldados, como nunca antes, al borde de sí mismos. El frente de la Primera Guerra Mundial, paralizado por las trincheras, fue una experiencia psicológica traumática para millones de soldados alemanes, franceses e ingleses. Esta es la historia de uno de ellos, a ojos de Erich María Remarque, quien volcó su propia experiencia en la batalla en el inolvidable libro ‘Sin novedad en el frente’.

Erich Paul Remark, conocido por su psuedónimo literario Erich María Remarque, acudió al frente occidental junto a millones de compatriotas alemanes, y cuando volvió escribió sus experiencias, pensamientos y emociones en ‘Sin novedad en el frente’, libro que le dotó de fama internacional. ¿Por qué? El trabajo de Remarque es tan memorable, tan esencial, porque relata los horrores, muchas veces meramente psicológicos, a los que toda una generación de jóvenes a un lado y a otro del frente tuvieron que soportar. Miles de imberbes que partieron contra el enemigo convencidos, por la patria, por sus padres, por sus profesores, por la prensa, de que iban a librar una guerra justa, necesaria y breve. Miles de chavales que se toparon con una guerra carente de sentido para ellos, eterna y ajena a su vida.

Remarque narró en las páginas de ‘Sin novedad en el frente’ la experiencia de la guerra moderna. La Primera Guerra Mundial supuso un cambio de paradigma: de los cánones bélicos clásicos a los modernos. Nunca antes países enteros habían visto reordenar sus vidas y sus economías hacia la guerra. Nunca antes la destrucción material y de vidas humanas había sido tan alta. Numerosos autores han tratado esta cuestión, pero merece la pena citar aquí el canónico trabajo de Marc Ferro al respecto, en su imprescindible libro ‘La Gran Guerra: 1914-1918′. Cuatro años que borraron de un plumazo todo lo que los gobiernos europeos y las gentes de los países del continente creían que les iba a aportar la guerra.

Hay que tener presente que la Primera Guerra Mundial fue la primera guerra de masas. Antes de ella, en Europa, la última gran batalla se libró en Sedán, en 1870. La futura Alemania completaba su reunificación a costa de la Francia de Napoleón II, y con ella se abría un periodo de 50 años de paz (salpicada de conflictos menores como la guerra entre España y Estados Unidos o la guerra ruso-japonesa). En 1914, el delicado equilibro político entre los grandes imperios estallaba tras años de tensiones irresueltas, y las poblaciones de los Estados, adoctrinadas por la instrucción y los efervescentes medios de comunicación, animaron y apoyaron en gran medida el inicio de la hostilidades.

¿Qué descubrió Remarque, y por extensión miles de soldados europeos, en el frente? Que aquel conflicto era terrorífico: metralla, granadas, obuses, gases venenosos. Nada de romántico tenía ya la guerra, cuando la defensa francesa consiguió estabilizar el frente tras el fallido plan Schlieffen de los alemanes. A partir de ahí las trincheras: días, meses, años atrapados en pequeños cobertizos, diminutos refugios de barro, amenazados diariamente por miles de explosivos, por los ataques aéreos y la progresiva carencia de alimentos y reclutas. Aquellos jóvenes soldados que partieron de las estaciones de trenes a uno y otro lado de Los Vosgos sonriendo se sentían estafados por quienes habían instigado la guerra.

En las páginas de ‘Sin novedad en el frente’, el joven protagonista despliega su desesperación por una guerra que consume sus días, a sus compañeros y su juventud. La juventud se presentaba para los soldados que combatieron en el frente como el mito perdido que jamás volverá: los días tranquilos en la escuela, la paz y la calma en su antiguo pueblo, los hábitos de juventud, los sueños, el futuro. Todo aquello desapareció de un plumazo para millones de combatientes que se dejaban la vida, la juventud y el alma en el frente. Convertidos en autómatas, absorbidos por la magnificencia y el terror de una guerra descorazonadora, se veían incapaces de reintegrarse en la sociedad y traicionados por sus generaciones superiores.

La vida del soldado quedaba recluida al frente. Allí tenía sus amistades, más o menos efímeras. Allí se sentía cómodo: en los días de retaguardia, en los barracones, viendo la vida pasar, esperando volver a las trincheras. Allí encontraba el miedo, la espera y, entre ambos acontecimientos, a sí mismo, enraizado en sus pensamientos, en sus recuerdos, tratando de sobrevivir a todo lo que poco a poco se adueñaba de su alma. Allí aprendía a convivir con la muerte, contemplaba atrocidades y dejaba de horrorizarse. En el frente más que en ningún otro sitio, todos aquellos jóvenes dejaron de ser jóvenes y pasaron a ser viejos. Viejos sin nada ni nadie en que creer, más allá de sus compañeros, su fusil y su artillería.

Este choque generacional y este profundo shock psicológico provocaría posteriormente heridas de las que Europa aún se rehace. La inmovilidad del frente, el enclaustramiento de los refugios subterráneos y el atroz fuego de artillería, junto a las posteriores cargas ofensivas, minaban la moral de los combatientes, su esperanza y consumía todo aquello cuanto fueron una vez. El frente era un fin en sí mismo, porque asomados al borde de las catacumbas de la humanidad no podían reinsertarse más tarde en la sociedad. Años después, esto provocaría fuertes traumas en la sociedad europea y favorecería el surgimiento del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania (siendo ambos fenómenos mucho más complejos que, por descontado, no se explican sólo por estos hechos).

Este fue el destino de miles de personas durante la Primera Guerra Mundial. El desencanto y la idea de una generación estafada. Las atrocidades de la guerra industrial y la pérdida de la confianza en las estructuras sociales y políticas tradicionales. El debilitamiento de las democracias, íntimamente ligado a lo anterior. El desencanto por el mundo existente y la construcción, desde el dolor y la rabia, de uno nuevo, más atroz. No es de extrañar que el nazismo y el fascismo se apoyaran en el mito de la juventud y en muchos excombatientes de la Primera Guerra Mundial: buscaban lo que la guerra les había arrebatado para siempre. La juventud perdida, su mundo, lo que poseían, destruido. El fin de una era: la Primera Guerra Mundial.

En 1001 Experiencias | La fuga más disparatada de Colditz, el planeador que nunca llegó a usarse
En 1001 Experiencias | René Carmille, Santo Hacker

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La fuga más disparatada de Colditz, el planeador que nunca llegó a usarse https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-fuga-mas-disparatada-de-colditz-el-planeador-que-nunca-llego-a-usarse/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/la-fuga-mas-disparatada-de-colditz-el-planeador-que-nunca-llego-a-usarse/#comments Sat, 02 Mar 2013 10:24:37 +0000 L.Font <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=11730 <![CDATA[

Seguro que recuerdas una de las películas más grandes del cine bélico, La gran evasión (The great escape, 1963), en ella se relata con bastante fidelidad los hechos sucedidos en el Stalag Luft III, el campo de concentración situado en Sagan (actual Zagan en Polonia). De aquel campo se fugaron un total de 76 prisioneros, de los cuales sólo 3 consiguieron llegar a territorio amigo. De los que fueron capturados, 50 fueron ejecutados por orden directa de Hitler saltándose todos los acuerdos de la Convención de Ginebra. En este ambiente, el alto mando aliado recomendó a los prisioneros que cejaran en sus intentos de huida. El ejército alemán pensaba que contaba con un campo de concentración inexpugnable y a él se fueron trasladando los prisioneros que más veces habían intentado escapar, este era el Oflag IV-C situado en el Castillo de Colditz, una pequeña ciudad situada en Sajonia, en suelo alemán. Vive una experiencia extrema Una experiencia extrema puede ser tuya de forma segura, sin sorteos ni concursos, gratis junto a tu Kit X-tremo de L’Oréal Men Expert. Al mismo tiempo que cuidas al máximo tu piel gracias a dos magníficos productos como son el Hydra Energetic Xtreme Turbo Booster y el Carbón Magnético podrás vivir una experiencia única. ¿Te atreverás? La convención de Ginebra Durante la Segunda Guerra Mundial a los militares capturados por el enemigo se les aplicó la Convención de Ginebra, un acuerdo firmado por algunos de los contendientes que les obligaba a que los cautivos no fueran torturados ni maltratados. Esta situación llevó a que por toda Europa proliferaban los campos de concentración para los militares. También proliferaban los campos de exterminio, pero estos estaban “reservados” para los civiles. Según los datos disponibles durante la Guerra se capturaron prisioneros varios cientos de miles de soldados en ambos bandos y prácticamente todos acabaron en alguno de estos campos de concentración. Estos campos, a diferencia de los destinados a los civiles que estaban controlados por la SS y la Gestapo, estaban controlados por el ejercito, la Luftwaffe se encargaba de los prisioneros integrantes de las fuerzas aéreas aliadas y la Wehrmacht se encargaba del resto de prisioneros militares. En estos campos la situación de los prisioneros no era precisamente cómoda. Principalmente porque se les alimentaba lo justo para mantenerlos con vida. Pero a los prisioneros se les permitía libertades tales como organizar obras de teatro o practicar algún deporte. Además de ir vestidos con los uniformes de su propio ejército y totalmente identificados como militares. Incluso se permitía el intercambio de correo con la familia de cada prisionero. La Cruz Roja repartía paquetes de alimentos entre los prisioneros, aunque muchos se perdían por el camino entre las diferentes manos por las que pasaban. El principal problema que se encontraban los captores era que los prisioneros intentaban fugarse a la mínima oportunidad que tuvieran. Así que se veían obligados [...]

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Castillo de Colditz en 2011

Seguro que recuerdas una de las películas más grandes del cine bélico, La gran evasión (The great escape, 1963), en ella se relata con bastante fidelidad los hechos sucedidos en el Stalag Luft III, el campo de concentración situado en Sagan (actual Zagan en Polonia). De aquel campo se fugaron un total de 76 prisioneros, de los cuales sólo 3 consiguieron llegar a territorio amigo. De los que fueron capturados, 50 fueron ejecutados por orden directa de Hitler saltándose todos los acuerdos de la Convención de Ginebra. En este ambiente, el alto mando aliado recomendó a los prisioneros que cejaran en sus intentos de huida.

El ejército alemán pensaba que contaba con un campo de concentración inexpugnable y a él se fueron trasladando los prisioneros que más veces habían intentado escapar, este era el Oflag IV-C situado en el Castillo de Colditz, una pequeña ciudad situada en Sajonia, en suelo alemán.

Vive una experiencia extrema
Una experiencia extrema puede ser tuya de forma segura, sin sorteos ni concursos, gratis junto a tu Kit X-tremo de L’Oréal Men Expert. Al mismo tiempo que cuidas al máximo tu piel gracias a dos magníficos productos como son el Hydra Energetic Xtreme Turbo Booster y el Carbón Magnético podrás vivir una experiencia única. ¿Te atreverás?

La convención de Ginebra

Soldados americanos rendidos

Durante la Segunda Guerra Mundial a los militares capturados por el enemigo se les aplicó la Convención de Ginebra, un acuerdo firmado por algunos de los contendientes que les obligaba a que los cautivos no fueran torturados ni maltratados. Esta situación llevó a que por toda Europa proliferaban los campos de concentración para los militares. También proliferaban los campos de exterminio, pero estos estaban “reservados” para los civiles.

Según los datos disponibles durante la Guerra se capturaron prisioneros varios cientos de miles de soldados en ambos bandos y prácticamente todos acabaron en alguno de estos campos de concentración. Estos campos, a diferencia de los destinados a los civiles que estaban controlados por la SS y la Gestapo, estaban controlados por el ejercito, la Luftwaffe se encargaba de los prisioneros integrantes de las fuerzas aéreas aliadas y la Wehrmacht se encargaba del resto de prisioneros militares. En estos campos la situación de los prisioneros no era precisamente cómoda. Principalmente porque se les alimentaba lo justo para mantenerlos con vida. Pero a los prisioneros se les permitía libertades tales como organizar obras de teatro o practicar algún deporte. Además de ir vestidos con los uniformes de su propio ejército y totalmente identificados como militares.

Incluso se permitía el intercambio de correo con la familia de cada prisionero. La Cruz Roja repartía paquetes de alimentos entre los prisioneros, aunque muchos se perdían por el camino entre las diferentes manos por las que pasaban. El principal problema que se encontraban los captores era que los prisioneros intentaban fugarse a la mínima oportunidad que tuvieran. Así que se veían obligados a invertir mayores recursos para vigilarlos y también tenían que mejorar progresivamente las instalaciones de aquellos campos de concentración.

El Castillo de Colditz, la prisión perfecta, o quizá no

Así se acabó transformando el Castillo de Colditz en una prisión de máxima seguridad para militares aliados. El principal problema es que al meter en el mismo recinto a los más veteranos y expertos en fugas el Castillo de Colditz se transformó en una nueva pesadilla de la que se reconocieron hasta 31 fugas. De estas 16 salieron directamente del castillo, mientras 15 se fugaron en el trayecto hacia el castillo. Estas fugas utilizaron métodos tan típicos como descolgarse de una ventana con una cuerda hecha con sábanas. Otros se escondían en alguna parte del castillo y más tarde salían vestidos con uniforme alemán mezclados entre los auténticos militares.

En esos años los prisioneros del Castillo de Colditz pusieron en práctica casi todas las soluciones imaginables para fugarse. Los túneles horadaban la montaña sobre la que se asienta el castillo, a pesar de las rocas y demás obstáculos naturales. La imaginación también se llevó a límites insospechados. Llegando a fabricarse unas cabezas de arcilla a tamaño natural para reemplazar a los fugados en los numerosos recuentos de prisioneros que se hacían a diario. Así los carceleros no se daban cuenta de la falta de prisioneros y estos tenían más tiempo para huir antes de que se diera la alarma.

De todos estos intentos de fuga, el plan más elaborado sin duda fue el de Jack Best y Bill Goldfinch. Ambos pilotos de la RAF que decidieron fabricar un planeador con el que volar desde el tejado del castillo hacia la libertad.

El planeador de Colditz, toda una obra de ingeniería

Colditz Cock original

Ya hemos comentado que el Castillo de Colditz era más parecido a un hormiguero con soldados intentando huir que una plácida prisión en la que no se fugaba nadie porque era difícil. Los pilotos de la RAF decidieron fabricar un planeador para huir dos personas montadas en él (algunas fuentes dicen que era para una sola persona). Los cálculos que realizaron les dejaron claro que el artefacto tenía que medir casi diez metros de envergadura (9,75 m de punta a punta de las alas) y seis metros de largo. Algo de ese tamaño no parecía fácil de esconder, pero el ingenio de los prisioneros lo hizo posible.

Al no tener motor el planeador tenía que empezar a volar desde un punto alto del castillo para ir planeando hasta lejos. El punto elegido fue el techo de la capilla del castillo, que estaba situado a 60 metros del suelo y no parecía muy vigilado. En ese sitio construyeron una pared falsa para ocultar el planeador e iniciaron su construcción en cuanto los prisioneros más experimentados en aeronáutica les dieron el visto bueno a sus cálculos y diseño. Mientras los captores vigilaban intensamente el subsuelo del castillo parece que nadie miraba hacia arriba.

Colditz Cock réplica

El planeador lo fabricaron Best y Goldfinch con la ayuda de otros doce prisioneros, que se ganaron el sobrenombre de los 12 apóstoles. El avión fue denominado Colditz Cock (El gallo de Colditz). Se fabricaron cerca de 30 costillas para las alas, el material utilizado eran tablillas de madera robadas de los somieres de las camas de los prisioneros. Los largueros de las alas se fabricaron con pedazos de las tablas del suelo del castillo y los mandos se controlaban mediante cables eléctricos sustraídos de algunas partes del castillo que no estaban en uso. Para poder fabricar las piezas necesarias para el planeador tuvieron que improvisar hasta las herramientas, construyendo sierras con pedazos de gramófono o barrotes de las verjas de las ventanas.

Para el recubrimiento se utilizaron las fundas de los colchones de los prisioneros, que estaban fabricadas en tela de algodón y estampados con cuadros blancos y azules. Este recubrimiento se pegó y barnizó con una solución de mijo hervido que era parte de la escueta ración de alimentos que recibían los prisioneros. El resultado fue un planeador que pesaba 108,86 kg y podía transportar hasta 145,16 kilos (o lo que es lo mismo dos personas de unos 72 kg cada una). Para conseguir la velocidad necesaria para despegar idearon una catapulta que lanzaba una bañera rellena de hormigón y mediante un sistema de poleas arrastraba el velero. Según sus cálculos el planeador tenía un rendimiento de 12 a 1 (al bajar un metro planearía 12 metros) con lo que recorrería casi tres cuartos de kilómetro antes de llegar al suelo. Más que suficiente para evitar los guardias y permitirles iniciar la fuga.

Colditz Cock réplica

El momento del despegue estaba fijado para la primavera de 1945, y desde el mando del campo se estableció que sería utilizado para avisar al ejército amigo más cercano en caso de que los mandos alemanes decidieran ejecutar a los prisioneros del campo. Por suerte para ellos el campo de concentración fue liberado el 16 de abril de 1945. La sorpresa de los soldados que liberaron el campo fue mayúscula cuando descubrieron un planeador en la buhardilla de la capilla. Claro que en el Castillo de Colditz había muchas más cosas escondidas, incluidas dos radios, una de las cuales fue encontrada en 1986, casi cuarenta años después de liberar el Castillo de Colditz y sus prisioneros.

El Castillo de Colditz en el cine y la televisión

Todas estas peripecias vividas en el Castillo de Colditz no pasaron desapercibidos para los medios, y ya en 1955 se filmó una película titulada The Colditz Story. Pero quizá la recreación más famosa y recordada sea la serie de televisión rodada entre 1972 y 1974. Esta serie de televisión contaba con 28 episodios y fue emitida en España en los años ochenta.

En esa misma época de los setenta se puso a la venta un juego de mesa titulado La fuga de Colditz en el que uno de los jugadores controla las tropas alemanas y los demás jugadores, llamados oficiales de escape, intentan huir del castillo sacando al máximo posible de prisioneros. Incluso algunos juegos ambientados en la Segunda Guerra Mundial incluyen episodios ambientados en el Castillo de Colditz.

En la década del 200 se filmaron un par de documentales sobre el castillo e incluso se llegó a fabricar una réplica a escala real del planeador. Esta réplica acabó volando mediante radio control y en la actualidad se encuentra expuesta en el Imperial War Museum de Londres.

Fotos vía Wikipedia | Planeador original, réplica, Castillo de Colditz, soldados prisioneros, The Colditz story
Foto vía Flickr | Réplica planeador

En 1001 Experiencias | René Carmille, Santo Hacker
En 1001 Experiencias | La Perla de la Corona, Ms. Pearl Cornioley

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René Carmille, Santo Hacker https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/rene-carmille-santo-hacker/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/rene-carmille-santo-hacker/#comments Sun, 10 Feb 2013 09:16:54 +0000 Luis A. Espuny <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=11210 <![CDATA[

El 12 de abril de 1933 el gobierno alemán anunció su intención de llevar a cabo un censo que según ellos hacía tiempo que debía haberse hecho. La mayor de sus preocupaciones parecía ser identificar a los judíos, gitanos y otras minorías étnicas que ponían en peligro la pureza de la sangre alemana. Para realizar este censo se usarían las máquinas Hollerith de la filial alemana de IBM, que mediante tarjetas perforadas asignaban a cada individuo una serie de características de entre las cuales la religión y la raza eran de capital importancia para los nazis. Computando sangre Muchos judíos pensaban ingenuamente que podrían esconderse de la cláusula aria que les negaba la ciudadanía y los derechos de los que gozaban el resto de sus compatriotas, pero no sospechaban que esconderse de los millones de tarjetas que la moderna tecnología de IBM comparaba diariamente en búsqueda de cambios de domicilio, matrimonios y árboles genealógicos iba a resultar infinitamente más complicado. Durante sucesivos censos el número de judíos en Alemania quedó establecido en dos millones casi cuadruplicando el tamaño del objetivo que en un principio Hitler tenía en mente y reportando a los fabricantes de la maquinaria delatora un beneficio de 1.8 millones de marcos. A medida que el Reich aumentaba sus territorios los eficientes funcionarios expandían las malditas tarjetas por Europa y cuando esa expansión se tornó violenta, también lo hicieron las consecuencias de cada perforación: cuando la Wehrmacht invade Polonia la meticulosidad se une a la brutal sangre fría estableciendo que aquel que no lleve consigo la copia de la tarjeta censal podrá ser deportado… o fusilado. Con la caída de Francia entra en escena nuestro protagonista, René Carmille, un gris funcionario experto en operar las máquinas perforadoras que paralelamente a su trabajo como jefe del Servicio de Estadística para el colaboracionista gobierno de Vichy, dirige la sección de la Red Marco Polo de la Resistance, encargada de usar el futuro censo para preparar una movilización ilegal e identificar al más de un millón de prisioneros franceses que los alemanes se han llevado a su país como mano de obra esclava. Hackeando vida Cuando René viaja a Alemania para recibir las instrucciones en la fábrica de Deutsche Hollerith-Maschinen Gesellschaft mbH sobre como trabajar con las nuevas máquinas ya sospecha que los nuevos amos pretenden usar el censo para algo muy distinto. Las presiones continúan hasta que el ministro de justicia de Vichy, que tras la guerra sería condenado a muerte, Raphael Alibert, le ordena incluir la pregunta que Carmille había estado intentando evitar desde el principio. La temida pregunta número 11 de las tarjetas queda establecida: “¿Religión?”. La política antisemita del gobierno de Pétain está dando sus primeros pasos y mientras la gente de Carmille se afana en que ‘casualmente’ la undécima perforación sea omitida o sufra unos ‘inexplicables’ retrasos, la policía realiza sus redadas y la identificación de los [...]

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El 12 de abril de 1933 el gobierno alemán anunció su intención de llevar a cabo un censo que según ellos hacía tiempo que debía haberse hecho. La mayor de sus preocupaciones parecía ser identificar a los judíos, gitanos y otras minorías étnicas que ponían en peligro la pureza de la sangre alemana. Para realizar este censo se usarían las máquinas Hollerith de la filial alemana de IBM, que mediante tarjetas perforadas asignaban a cada individuo una serie de características de entre las cuales la religión y la raza eran de capital importancia para los nazis.

Computando sangre

Muchos judíos pensaban ingenuamente que podrían esconderse de la cláusula aria que les negaba la ciudadanía y los derechos de los que gozaban el resto de sus compatriotas, pero no sospechaban que esconderse de los millones de tarjetas que la moderna tecnología de IBM comparaba diariamente en búsqueda de cambios de domicilio, matrimonios y árboles genealógicos iba a resultar infinitamente más complicado. Durante sucesivos censos el número de judíos en Alemania quedó establecido en dos millones casi cuadruplicando el tamaño del objetivo que en un principio Hitler tenía en mente y reportando a los fabricantes de la maquinaria delatora un beneficio de 1.8 millones de marcos.

A medida que el Reich aumentaba sus territorios los eficientes funcionarios expandían las malditas tarjetas por Europa y cuando esa expansión se tornó violenta, también lo hicieron las consecuencias de cada perforación: cuando la Wehrmacht invade Polonia la meticulosidad se une a la brutal sangre fría estableciendo que aquel que no lleve consigo la copia de la tarjeta censal podrá ser deportado… o fusilado.

Con la caída de Francia entra en escena nuestro protagonista, René Carmille, un gris funcionario experto en operar las máquinas perforadoras que paralelamente a su trabajo como jefe del Servicio de Estadística para el colaboracionista gobierno de Vichy, dirige la sección de la Red Marco Polo de la Resistance, encargada de usar el futuro censo para preparar una movilización ilegal e identificar al más de un millón de prisioneros franceses que los alemanes se han llevado a su país como mano de obra esclava.

Hackeando vida

René Carmille

Cuando René viaja a Alemania para recibir las instrucciones en la fábrica de Deutsche Hollerith-Maschinen Gesellschaft mbH sobre como trabajar con las nuevas máquinas ya sospecha que los nuevos amos pretenden usar el censo para algo muy distinto.

Las presiones continúan hasta que el ministro de justicia de Vichy, que tras la guerra sería condenado a muerte, Raphael Alibert, le ordena incluir la pregunta que Carmille había estado intentando evitar desde el principio. La temida pregunta número 11 de las tarjetas queda establecida: “¿Religión?”.

La política antisemita del gobierno de Pétain está dando sus primeros pasos y mientras la gente de Carmille se afana en que ‘casualmente’ la undécima perforación sea omitida o sufra unos ‘inexplicables’ retrasos, la policía realiza sus redadas y la identificación de los judíos prácticamente a ciegas.

Los altos jerarcas de Vichy no comprenden la vulnerabilidad de la nueva tecnología y las máquinas están siendo sistemáticamente saboteadas por los resistentes. En noviembre del 42 se acaba la quimera de la soberanía francesa en la parte sur del país y las tropas de Hitler se hacen de facto con toda Francia. La actividad de René queda mucho más expuesta ante la inspección directa de los técnicos nazis. Aun así no cede en su empeño y durante todo el año 43 no sólo continua torpedeando el esfuerzo por estabular a los judíos, sino que siendo consciente de que su tiempo se acaba, redobla sus esfuerzos intentando hacer llegar a De Gaulle sus datos para promover un levantamiento en Argelia.

El cerco se va cerrando y los alemanes sospechan cada vez más de la supuesta inoperancia del departamento estadístico francés para presentarles con claridad el nombre y la dirección de los judíos que todavía se esconden en su territorio. El tristemente célebre carnicero de Lyon, Klaus Barbie, ha centrado su mira sobre él y no es necesario que exista algo más consistente que una suposición para que un mediodía de febrero de 1944 unos gabanes de cuero aparezcan en la puerta de la oficina de René.

La Gestapo ha acertado el tiro y se lo lleva al Hotel Terminus, su cuartel general, en el que el propio Barbie tortura durante dos días a Carmille y sus colaboradores sin poder arrancarles ni una confesión ni la más mínima información sobre el resto de la red. Pero ya está todo perdido, los nazis no necesitan las sutilezas de un juicio ni nada parecido para desmantelar la trama y poner a su gente con el censo, aunque ya no tendrían mucho tiempo para continuar su macabra tarea. Lamentablemente René tampoco dispone de mucho tiempo ya que es deportado a Dachau con el cuerpo destrozado. Nunca se recuperaría. Tres meses antes de que la 20ª División Blindada del US Army liberase el campo moría de tifus.

Pasado y ¿futuro?

Para darnos cuenta de la importancia del ‘hackeo’ llevado a cabo por René Carmille baste comparar las cifras de judíos deportados desde otro territorio ocupado por los nazis. Mientras que la resistencia y la solidaridad de los holandeses con sus judíos fue similar a la de los franceses, el hecho de que no existiese un protopirata informático boicoteando el censo en aquel país supuso que el 75 % de los hebreos holandeses diese con sus huesos en los campos de exterminio, mientras en Francia el porcentaje rondó el 25 %.

No tengo la menor idea de informática y lo primero que imagino cuando oigo la palabra hacker es en un tipo feo y asocial que se dedica a reventar webs por deporte, pero conocer la historia de este pionero no sólo me hace replantearme esa imagen si no también preguntarme con cierto toque conspiranóico para qué querrán tantos datos nuestros… De momento, estoy mirando mi pasaporte con cierto rencor y me pregunto si entre todos esos freaks de la informática que la mayor parte de veces nos complican la vida no habrá que buscar un René en el futuro que lo estropee todo. Para bien.

En 1001 Experiencias | La Perla de la Corona, Ms. Pearl Cornioley
En 1001 Experiencias | Las samuráis de Aizu, la defensa de una causa con la propia vida

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Banksy es destruido, su arte ocultado https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/banksy-es-destruido-su-arte-ocultado/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/banksy-es-destruido-su-arte-ocultado/#comments Thu, 31 Jan 2013 16:10:42 +0000 Men Expert <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=11076 <![CDATA[

Banksy es uno de los iconos modernos que ha traspasado fronteras. De un aparente simple grafiti, lo cual a su vez es ilegal y conlleva unas generosas multas, a una obra de arte reivindicativa, expuesta en museos y vendidas por generosas cantidades a exclusivos compradores. Banksy es un artista fuera de serie. Por desgracia en estos tiempos ha visto cómo buena parte de sus obras en Londres han desaparecido. 40 de las 52 obras que elaboró en las calles de Londres han caído, según recoge la web de Smithsonian. Las obras que llegaron a atraer hasta las miradas de los turistas más curiosos en la búsqueda de la huella de Bansky y también contaron con su propio documental, ‘Exit Through the Gift Shop‘, ahora se encuentran ante técnicas para ocultarla con pintura por parte de los dueños de los edificios, sometidas a robos, caídas en combate por un error o un accidente no deseado… Hablamos de arte callejero y como tal está hecho para perdurar por un tiempo limitado. No busca la permanencia de un cuadro o escultura de un museo, estática en su pedestal. Más bien es la acción de ese momento y la polémica en torno a esta hasta que dure sobre la pared de turno. Obras cuyo valor alcanza los 94.000 euros, como fue el caso de ‘Save or Delete Jungle Book’, subastada en enero de 2011, al mismo tiempo que otras dos de sus obras: ‘Portrait of an artist’, por 72.000 euros, datada en 1998, pese a que no se ha demostrado al 100 % su autoría. La tercera obra suya que se subastó ese día fue una copia en papel del grafiti ‘Balloon Girl’, por 15.200 euros. Al menos nos queda su página web, un espacio en el cual el misterioso artista sigue mostrándonos sus obras realizadas tanto en el interior como en el exterior. Y en muchos casos vemos cómo estas obras también sufren el saboteo de terceras personas (del tipo que sean). Seleccionamos varios de sus últimos grafitis, por si acaso algún día vemos que se borran todos. En 1001 Experiencias | El mito de Daniel Day-Lewis En 1001 Experiencias | Las chicas de J.J. Abrams

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Banksy es uno de los iconos modernos que ha traspasado fronteras. De un aparente simple grafiti, lo cual a su vez es ilegal y conlleva unas generosas multas, a una obra de arte reivindicativa, expuesta en museos y vendidas por generosas cantidades a exclusivos compradores. Banksy es un artista fuera de serie. Por desgracia en estos tiempos ha visto cómo buena parte de sus obras en Londres han desaparecido.

40 de las 52 obras que elaboró en las calles de Londres han caído, según recoge la web de Smithsonian. Las obras que llegaron a atraer hasta las miradas de los turistas más curiosos en la búsqueda de la huella de Bansky y también contaron con su propio documental, ‘Exit Through the Gift Shop‘, ahora se encuentran ante técnicas para ocultarla con pintura por parte de los dueños de los edificios, sometidas a robos, caídas en combate por un error o un accidente no deseado…

Hablamos de arte callejero y como tal está hecho para perdurar por un tiempo limitado. No busca la permanencia de un cuadro o escultura de un museo, estática en su pedestal. Más bien es la acción de ese momento y la polémica en torno a esta hasta que dure sobre la pared de turno.

Obras cuyo valor alcanza los 94.000 euros, como fue el caso de ‘Save or Delete Jungle Book’, subastada en enero de 2011, al mismo tiempo que otras dos de sus obras: ‘Portrait of an artist’, por 72.000 euros, datada en 1998, pese a que no se ha demostrado al 100 % su autoría. La tercera obra suya que se subastó ese día fue una copia en papel del grafiti ‘Balloon Girl’, por 15.200 euros.

Al menos nos queda su página web, un espacio en el cual el misterioso artista sigue mostrándonos sus obras realizadas tanto en el interior como en el exterior. Y en muchos casos vemos cómo estas obras también sufren el saboteo de terceras personas (del tipo que sean).

Seleccionamos varios de sus últimos grafitis, por si acaso algún día vemos que se borran todos.

En 1001 Experiencias | El mito de Daniel Day-Lewis
En 1001 Experiencias | Las chicas de J.J. Abrams

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Las samuráis de Aizu, la defensa de una causa con la propia vida https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/las-samurais-de-aizu-la-defensa-de-una-causa-con-la-propia-vida/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/las-samurais-de-aizu-la-defensa-de-una-causa-con-la-propia-vida/#comments Sat, 10 Nov 2012 10:30:41 +0000 Luis A. Espuny <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=9430 <![CDATA[

En 1868 la restauración Meiji desemboca en una guerra civil entre el gobierno del nuevo emperador y los que aún rinden lealtad al depuesto shogunato Tokugawa. Al norte del Japón estaba el núcleo de resistencia de las antiguas tradiciones feudalistas frente a la pretendida occidentalización impulsada por la llegada de los barcos del comodoro Perry. En el han de Aizu  persistía el último baluarte frente al moderno ejercito del joven monarca después de caer Edo – la moderna Tokyo –, y hacía allí dirigieron sus nuevos cañones y fusiles. No vamos a relatar hoy las guerras Boshin enteras y este preámbulo no pretende otra cosa que poner en contexto la aventura de un grupo de mujeres que defendieron literalmente hasta el final su forma de vida. Fin de una era En el patio del castillo de Aizu-Wakamatsu los rumores corrían de boca en boca ante la llegada del enemigo y se relataban las atrocidades que los ronin de los han del sur habían cometido en Edo. Después de caer la ciudad se había dado caza a los seguidores del bakufu saqueando y quemando sus propiedades, asesinando a los combatientes que habían depuesto sus armas del mismo modo que a sus mujeres e hijos. El rastro de destrucción que dejaban las tropas del gobierno se iba acercando a sus hogares y con estos antecedentes estaba claro que todos los habitantes de la región tendrían que luchar hasta el final si querían conservar ya no solo su vida si no algo más importante para ellos: su honor. Las mujeres no pensaban quedarse al margen de esto.  Se las veía entrenar durante todo el día con las mangas de sus kimonos remangadas y el pelo recogido con cintas blancas mientras blandían sus naginata de madera. En Aizu las mujeres siempre habían sido educadas en el uso tanto de la pluma como de la espada y quizás fueron las más famosas guerreras de Japón. Se las inculcaba desde niñas que su obligación era defender y honrar a su han , a su daymyo y a su familia. En el momento en el que llegan los imperiales a su territorio todos saben las intenciones de Matsuida Katimori, señor del han:  se luchará hasta la muerte para mantener el honor, aunque los viejos, los niños y también las mujeres son libres de actuar por su cuenta y se les da permiso para huir de los soldados y refugiarse en el castillo. La respuesta que recibió al hacer sonar las campanas indicando que había llegado el momento de elegir la podemos resumir en el testimonio de un samurái de 14 años: ‘ Me apresuré al recinto del castillo. Sabía que no iba a volver a ver mi casa pero en ese instante no perdí mucho tiempo en pensar en ello. Todas las mujeres de mi familia  habían resuelto morir y mientras nos despedíamos nadie derramó una sola [...]

Puedes ver el artículo original completo: 1001 Experiencias - Men Expert de L'Oréal">Las samuráis de Aizu, la defensa de una causa con la propia vida

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En 1868 la restauración Meiji desemboca en una guerra civil entre el gobierno del nuevo emperador y los que aún rinden lealtad al depuesto shogunato Tokugawa. Al norte del Japón estaba el núcleo de resistencia de las antiguas tradiciones feudalistas frente a la pretendida occidentalización impulsada por la llegada de los barcos del comodoro Perry. En el han de Aizu  persistía el último baluarte frente al moderno ejercito del joven monarca después de caer Edo – la moderna Tokyo –, y hacía allí dirigieron sus nuevos cañones y fusiles. No vamos a relatar hoy las guerras Boshin enteras y este preámbulo no pretende otra cosa que poner en contexto la aventura de un grupo de mujeres que defendieron literalmente hasta el final su forma de vida.

Fin de una era

En el patio del castillo de Aizu-Wakamatsu los rumores corrían de boca en boca ante la llegada del enemigo y se relataban las atrocidades que los ronin de los han del sur habían cometido en Edo. Después de caer la ciudad se había dado caza a los seguidores del bakufu saqueando y quemando sus propiedades, asesinando a los combatientes que habían depuesto sus armas del mismo modo que a sus mujeres e hijos. El rastro de destrucción que dejaban las tropas del gobierno se iba acercando a sus hogares y con estos antecedentes estaba claro que todos los habitantes de la región tendrían que luchar hasta el final si querían conservar ya no solo su vida si no algo más importante para ellos: su honor. Las mujeres no pensaban quedarse al margen de esto.  Se las veía entrenar durante todo el día con las mangas de sus kimonos remangadas y el pelo recogido con cintas blancas mientras blandían sus naginata de madera. En Aizu las mujeres siempre habían sido educadas en el uso tanto de la pluma como de la espada y quizás fueron las más famosas guerreras de Japón. Se las inculcaba desde niñas que su obligación era defender y honrar a su han , a su daymyo y a su familia.

Apoteosis del suicidio ritual en Aizu

En el momento en el que llegan los imperiales a su territorio todos saben las intenciones de Matsuida Katimori, señor del han:  se luchará hasta la muerte para mantener el honor, aunque los viejos, los niños y también las mujeres son libres de actuar por su cuenta y se les da permiso para huir de los soldados y refugiarse en el castillo. La respuesta que recibió al hacer sonar las campanas indicando que había llegado el momento de elegir la podemos resumir en el testimonio de un samurái de 14 años: ‘ Me apresuré al recinto del castillo. Sabía que no iba a volver a ver mi casa pero en ese instante no perdí mucho tiempo en pensar en ello. Todas las mujeres de mi familia  habían resuelto morir y mientras nos despedíamos nadie derramó una sola lágrima’. Muchos otros, pensando que en el castillo serían una molestia para los que iban a pelear y consumirían unos víveres que podrían ser vitales en caso de asedio, tomaron la valiente decisión de permanecer en sus hogares despreciando el peligro que ya había costado muchas vidas en Edo ante el descontrolado comportamiento de los samurái sin señor. No pocas mujeres y hombres se suicidaron por no estar en condiciones de combatir y con la idea de que quien si iba a plantar cara no tuviese la preocupación añadida de la seguridad de su familia. En algunos casos hasta 22 mujeres parientes entres si se quitaron la vida antes de sufrir las vejaciones de los soldados que arrasaban cualquier resto del bushido con sus acciones. Según iban entrando en las propiedades que encontraban los invasores solo descubrían cadáveres de muchachas con poemas de adiós en sus manos: ’He escuchado que este es el camino del guerrero, y así me he puesto en camino a la tierra de los muertos’ .

El resto de mujeres se preparaban para el combate cortando su pelo a la altura del hombro y enfundándose sus kimonos.

Honor o muerte

Mujeres samurái de la unidad Joshigun.

Mujeres samurái de la unidad Joshigun.

Lucharían hombro con hombro junto a los demás defensores del castillo no sin antes asistir a las que habían decidido morir. Kawahara Asako, la mujer del magistrado Zenzaemon decapitó a su suegra y a su hija entes de partir naginata en mano a buscar su propia muerte en la batalla, empapada de la sangre de su sangre.

Unas 40 mujeres formaron la unidad Joshigun para participar en la defensa del castillo y lo hicieron con un coraje extraordinario. Con espadas y naginata se encontraron cargando contra soldados armados con fusiles y artillería que en un principio no daban crédito a tanto valor y al percatarse de que quien se lanzaba contra ellos de tal manera eran mujeres, se gritaban unos a otros que había que capturarlas vivas.

Momento que aprovechaban ellas para intensificar su ataque, como hizo Nakano Takeko, que antes de caer abatida por veinte balazos fue capaz de acabar a tajos con la vida de seis hombres.

Su hermana Masako ve en ese momento que Takeko ha caído y en otra muestra de cuan en serio se tomaban las tradiciones en Aizu, se dirige rauda hacia el cuerpo de su hermana y en medio de la batalla no tiene mayor preocupación que cortar la cabeza para que no se la lleve el enemigo como trofeo y poder darle el trato que dictaba su código de honor. La batalla en el exterior está perdida y superados en número y armas las mujeres y hombres que aún quedan con vida se refugian en el castillo para aguantar un sitio que durará treinta días.

Siguen dando lecciones de valores las Joshigun y el resto de mujeres que resisten. Cuidando a los heridos, arrojándose con los sacos de arroz que cocinaban sobre las balas de los cañones imperiales antes de que exploten, bañadas en sangre propia y ajena peleando con sus espadas cuando las tropas sitiadoras intentaban una entrada en el recinto.

La francotiradora

Yamamoto Yaeko.

Una de ellas se distingue especialmente en este momento de la batalla: Yamamoto Yaeko, un perfecto ejemplo de cómo eran las mujeres de Aizu. Hija del maestro de armas del castillo, desde pequeña había sido enseñada a disparar con una de las escasas armas de fuego con las que contaban en el han y al mismo tiempo era considerada una maestra de la tradición urasenke del te. Durante las salidas nocturnas para hostigar al ejército Yaeko siembra el terror en los soldados con su rifle Spencer , cada disparo suyo es una baja entre ellos.

En la defensa de su sector se da el mayor número de muertos entre los atacantes y cuando estos están demasiado cerca como para que su rifle sea de utilidad no duda en demostrar su valía con la espada cercenando miembros de asaltantes cuando estos logran llegar a lo alto de las murallas. Milagrosamente sobreviviría a todo aquello para vivir aún muchos años en los que le dio tiempo a fundar la Universidad Doshisha de Tokyo. La sangría no puede durar mucho más y la paciencia de los generales ocupantes llega a su límite. En una ofensiva general cincuenta cañones bombardean día y noche lo que queda del castillo y los soldados incendian todas las casas que se hallan desprotegidas en el exterior.

Un mes después y con la condición de ser tratados honorablemente los últimos supervivientes entregan sus armas entre lágrimas desconsoladas.

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Las Vegas del Rat Pack https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/las-vegas-del-rat-pack/ https://www.1001experiencias.com/experiencias-miticas/las-vegas-del-rat-pack/#comments Fri, 12 Oct 2012 16:49:56 +0000 Luna M <![CDATA[Experiencias míticas]]> <![CDATA[Hombres con historia]]> https://www.1001experiencias.com/?p=8418 <![CDATA[

Casino, esa fantástica película del Scorsese más incisivo que desborda genio cuando hace lo que mejor sabe hacer, es un sublime retrato robot de un tiempo que ya no existe, del exceso y las expiaciones de una época que, aunque esté a la vuelta de la esquina, nos evoca una decadencia y un “más es más” que hoy en día, por mucho que se empeñen algunos, solo se puede parodiar. En los 70 en los que está ambientada la película, en Las Vegas ya no estaban Bugsy Siegel u otros mafiosos de menos renombre pero igual monta quienes, tengamos muy presente, fueron los que convirtieron un montón de arena en luces de neón y piscinas con forma de S a principios de los 40. Pero estaban los que heredaron el filón y continuaron explotándolo. Cientos. Entre ellos tipos como el personaje de De Niro, Sam Rothstein, que al final de la épica narración en off de sus vivencias en la ciudad del pecado resume a la perfección la decrepitud actual de ese pequeño oasis en forma dólar: “Ahora te piden la tarjeta de la seguridad social y vienen los jubilados de excursión”. Y es que se podría decir que  Las Vegas en los 50 era un estilo de vida; en los 70 un negocio que ya pretendía abarcarlo todo y que se encontró con dificultades fortuitas y, a partir de finales de los 80, un gigantesco parque de atracciones en el que los mitómanos siguen buscando referencias inmortales recreadas sin reparar en gastos. A finales de los 50 y principios de los 60, Las Vegas se resumía en el Sands, el Caesars Palace o el Flamingo, pero los soportes que mantenían los dados rodando, las chicas correteando y el espectáculo sin fin tenían nombre propio: Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. Ellos nos hicieron creer que durante un tiempo Las Vegas fue elegante, algo que nunca ha sido ni de lejos y ni falta que le hace. Estos tres truhanes que legendariamente casi han elevado a la categoría de arte el beber hasta las tantas, intercambiar coristas y contar chistes ( muchas veces malos) entre dúo y dúo en el escenario, fueron una prodigiosa e imposible combinación de dos dagos italianos y un negro judío que para colmo se había quedado tuerto. Quien le iba a decir a Sammy que uno de los suyos reinaría en el Sands. Para que os hagáis una idea de su mérito os cuento como anécdota que por aquella época unos clientes de Texas exigieron en una ocasión que se cambiara el agua de la piscina después de que la actriz Dorothy Dandridge se diera un baño. Tal era la situación incluso en estados no sureños hace cincuenta años. Eran el trío perfecto: los viejos chistes de siempre en los que lo políticamente correcto todavía no había hincado el diente brillaban con la desfachatez de Sinatra, [...]

Puedes ver el artículo original completo: 1001 Experiencias - Men Expert de L'Oréal">Las Vegas del Rat Pack

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Casino, esa fantástica película del Scorsese más incisivo que desborda genio cuando hace lo que mejor sabe hacer, es un sublime retrato robot de un tiempo que ya no existe, del exceso y las expiaciones de una época que, aunque esté a la vuelta de la esquina, nos evoca una decadencia y un “más es más” que hoy en día, por mucho que se empeñen algunos, solo se puede parodiar.

En los 70 en los que está ambientada la película, en Las Vegas ya no estaban Bugsy Siegel u otros mafiosos de menos renombre pero igual monta quienes, tengamos muy presente, fueron los que convirtieron un montón de arena en luces de neón y piscinas con forma de S a principios de los 40. Pero estaban los que heredaron el filón y continuaron explotándolo. Cientos. Entre ellos tipos como el personaje de De Niro, Sam Rothstein, que al final de la épica narración en off de sus vivencias en la ciudad del pecado resume a la perfección la decrepitud actual de ese pequeño oasis en forma dólar: “Ahora te piden la tarjeta de la seguridad social y vienen los jubilados de excursión”.

Y es que se podría decir que  Las Vegas en los 50 era un estilo de vida; en los 70 un negocio que ya pretendía abarcarlo todo y que se encontró con dificultades fortuitas y, a partir de finales de los 80, un gigantesco parque de atracciones en el que los mitómanos siguen buscando referencias inmortales recreadas sin reparar en gastos.

A finales de los 50 y principios de los 60, Las Vegas se resumía en el Sands, el Caesars Palace o el Flamingo, pero los soportes que mantenían los dados rodando, las chicas correteando y el espectáculo sin fin tenían nombre propio: Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. Ellos nos hicieron creer que durante un tiempo Las Vegas fue elegante, algo que nunca ha sido ni de lejos y ni falta que le hace. Estos tres truhanes que legendariamente casi han elevado a la categoría de arte el beber hasta las tantas, intercambiar coristas y contar chistes ( muchas veces malos) entre dúo y dúo en el escenario, fueron una prodigiosa e imposible combinación de dos dagos italianos y un negro judío que para colmo se había quedado tuerto.

Quien le iba a decir a Sammy que uno de los suyos reinaría en el Sands. Para que os hagáis una idea de su mérito os cuento como anécdota que por aquella época unos clientes de Texas exigieron en una ocasión que se cambiara el agua de la piscina después de que la actriz Dorothy Dandridge se diera un baño. Tal era la situación incluso en estados no sureños hace cincuenta años.

Eran el trío perfecto: los viejos chistes de siempre en los que lo políticamente correcto todavía no había hincado el diente brillaban con la desfachatez de Sinatra, la actitud canallesca y “suave” de Dean y la frescura y espontaneidad de Sammy que servía de pieza perfecta para incluír bromas desmadradas sobre el Ku Klux Klan o darle pie a Frank para meter la previsible puntilla mientras cantaban a dúo “Me and my Shadow” ( Mi sombra y yo).

El Pack original, sin embargo, se montó en torno a Humphrey Bogart unos años antes, y de los hellraisers que más tarde pondrían el estado de Nevada patas arriba solo estaba Frank que veneraba a Bogie hasta considerarlo su mentor, algo que, desde luego, jamás osó decirle a la cara ya que el escéptico antihéroe americano se hubiera meado de la risa. Menos gracia le hubiera hecho ver como después de su muerte en 1957,el viejo blue eyesse ligaba a su mujer, Lauren Bacall, para luego abandonarla de malos modos. A su manera, como nos cantaría después. Pero esa es otra historia. En el viejo Pack también tenían su sitio de honor Judy Garland, con la que Frank mantuvo una de las amistades más profundas y sinceras de su vida, David Niven  o el grandísimo Spencer Tracy.

Sinatra adoraba a Sammy. Y no iba a permitir que el hándicap de su raza castrara su carrera limitándola a estereotipos y a cuatro shows contados. De hecho cuando Davis sufrió en 1954 el accidente de coche que le costaría un ojo probablemente no hubiera conseguido remontar el mal trago, ni en lo anímico ni en lo profesional,si no fuera por Frank, entre cuyas virtudes estaba su legendaria generosidad.

Dean Martin sin embargo ya se cuidaba solito. Si hubo un rey del cool en Hollywood antes del Steve McQueen de los 70 ese fue Dino Crocetti. Quienes conocían a Dean personalmente coincidían en matizar una diferencia que marcaba un abismo entre él y Sinatra: que a Dean le importaba todo un carajo. No pretendía gustarle a nadie, ni hacer nada para ganarse a un pez gordo o una buena crítica en una película. Para Dean todo era relativo, el show era negocio y tiempo entre amigos, la prolongación de ponerse una impecable camisa blanca y llenarse el vaso de J&B para llevar al escenario. Procuraba no tomarse nada demasiado en serio, algo que por mucho que lo intentara jamás conseguía Sinatra. El golf y las películas del oeste son probablemente las únicas cosas que le interesaban a Dino.

Dean con Shirley McLaine,”mascota” oficial.

Peter Lawford y el bueno de Joey Bishop  (cómico de bastante tirón durante aquellos años en América) completaban“el clan”, como ellos se hacían llamar, pero no dejaban de ser personajes anecdóticos o en el caso de Lawford, peones estratégicos en la partida más ambiciosa que jamás hubiera soñado emprender un cantante melódico. Ahora, para definitivamente partir el bacalao en el “showbiz” , Sinatra tenía que enrocar al rey que no era otro que John Fitzgerald Kennedy.

Ahí es donde entraba Lawford ,el cuñadísimo, un actor inglés de filmografía floja y bragueta caliente que sirvió de perfecto enlace para sendos universos. Le dio a cada uno lo que quería. Sinatra tenía las chicas y Jack el prestigio y la Casa Blanca a la vuelta de la esquina. El mayordomo de Sinatra, que escribió un jugosísimo libro sobre sus años a su servicio titulado “The Last Word on Mr. S”, cuenta sin reparo como Kennedy se interesaba por el color del vello púbico de Shirley McLaine o se mostraba ansioso ante la perspectiva de poder encamarse con todo Hollywood.

Si tiras del tapón de la superficialidad y la diversión, aguas más turbias han empapado para siempre la historia del Rat Pack. Sinatra se empeñó en mantener una relación de amistad con el mafioso Sam Giancana y el Presidente al mismo tiempo, motivo por el que Bobby Kennedy decidió que era hora de cortar de raíz la relación con el faranduleo que años antes les había echado una mano para conseguir la presidencia. Hoy en día se sabe que Frank, Giancana y JFK compartieron a la misma mujer en la misma época, Judith Campbell, señorita de compañía que al final lo que hizo fue llevar información de aquí para allá. Kennedy siempre jugó con fuego, muchas veces sin saberlo.

También irán unidos siempre  al oscuro penúltimo fin de semana de la vida de Marilyn Monroe, cuando esta pasó unos días en el Cal Neva Lodge, en el que Frank compartía acciones con Giancana, y donde se la vió pasar del buen humor y la alegría a un estado depresivo en cuestión de horas. Aún así, hoy en día se sabe que Sinatra y Martin querían bien a Marilyn y que siempre intentaron protegerla y ayudarla cuando estaba en sus manos.

Hace diez años el director Steven Soderbergh volvía a poner de moda el fénomeno Rat Pack al resucitar a los “Ocean’s 11″ del 60 de la mano de George Clooney, Brad Pitt o Matt Damon. El remake es bueno, quizá más redondo que la original. Pero la esencia de aquella época siempre será incomparable.

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